Segundo Yves Albert Dauge, nosso destino está na apreensão da “verticalidade”, quer dizer do “sentido exato de circulação das Forças” — entre Céu e Terra, Deus e homem, Pai e Filho. A meta do esoterismo é de se liberar da mobilidade superficial e horizontal para acceder à criatividade essencial que se desdobra “verticalmente”: é o que se pode chamar a “mutação axial” — ou conversão, ou iniciação, ou soerguimento, ou ressurreição. Donde as expressões bem conhecidas: levantar a pedra, elevar a cruz, subir a montanha ou a escada. É sempre questão de estabelecer, de restabelecer justas trocas energéticas entre a Fonte e os “sujeitos” que dela são emanados.
O que é capital, para cada um, é de encontrar o “lugar” de seu soerguimento. Em hebreu, a palavra que se traduz por lugar contém toda uma filosofia: “maqom (MQWM), da raiz qum (QWM) que significa “se levantar, se soerguer, se manter de pé”, ou “reerguer-se, endireitar-se, restabelecer-se”. Um lugar, no sentido profundo do termo, é portanto um ponto do espaço onde intervém a verticalidade. Um exemplo tão célebre quanto instrutivo nos é fornecido pelo episódio do Sonho de Jacó (Gen 28, 11-19).
A notar:
- A importância da palavra “lugar”, repetida seis vezes;
- A pedra onde deita a cabeça, inspiradora enquanto figurando a unidade Pai-Filho;
- A escada levantada entre Terra e Céu com a circulação dos Anjos, símbolo do Nome Divino — retomada do tema em Jo 1,51: “Vereis o Céu aberto e os Anjos de Deus (Yod) subir (He) e descer (He) acima do Filho (Waw) do Homem (Filho do Homem);
- YHWH que se mantém de pé (Abraão = Lei, Isaque = Jogo, YHWH = Vivente em sua totalidade;
- O Tema da Aliança;
- O caráter central deste lugar, qualificado de “terrível”, da “Casa de Elohim” (mais adiante Beith-El = Bethel = “Casa de Deus” — se opondo ao Arcano XVI do Tarô, a “Casa-Deus”), de “Porta dos Céus” (o motivo “xamânico” da Ascensão);
- A pedra onde deita a cabeça levantada como estela (eixo Pai-Filho) e ungida de óleo (Espírito);
- A troca de nome: Louz — Bethel. Louz simboliza o núcleo indestrutível do ser humano, princípio-germe de sua ressurreição, garantia de sua imortalidade (v. René Guénon, Guenon Rei do Mundo): si Louz se torna Bethel, Casa de Deus, é para indicar a tomada de consciência por Jacó desta essência divina, deste poder axial, experimentada sob forma de sua própria religação ao Nome e a suas Energias. Iniciação vertical, logo, soerguimento do olhar, de conversão da vontade — e materializada pela pedra levantada.
[Yves Albert Dauge: Excertos de "L'ésotérisme pour quoi faire ?"]
La importancia del símbolo del polo, de la constelación de la Osa Mayor y de la Estrella Polar en la hierognosis del sufismo terminan de convencernos de lo dicho hasta aquí. Encontraremos ahí la misma homologación que para la montaña cósmica, cuyo punto culminante es el polo. La misma ley de una estructura psicocósmica homologa, por ejemplo, las circunambulaciones mentales alrededor del corazón con las que se efectúan alrededor del templo y con la rotación de la cúpula celeste alrededor de su eje. Proyectada al cenit, la imagen primordial del centro que el místico experimenta en sí mismo, y en torno al cual gira interiormente, le hace percibir la Estrella Polar como símbolo cósmico de la realidad vivida interiormente. Santuario interior y Roca de esmeralda son entonces simultáneamente el umbral y el lugar de las teofanías, el polo de orientación, la dirección desde donde se muestra el guía de luz. Así lo veremos mostrarse en las visiones de un gran maestro sufí de Shiraz, y así lo podría analizar una fenomenología de la oración, teniendo en cuenta el hecho de que los mandeos, los sabeos de Harrán, los maniqueos y los budistas de Asia central toman el norte como qibla (eje de orientación) de su oración.
Pero también aquí nuestra fenomenología del norte, del polo, debe prevenir de todo peligro de desorientación. Ésta puede presentarse, se acaba de insistir en ello, como la tentación de confundir el sol del norte, el sol de medianoche, con una coincidentia oppositorum que reúne ficticiamente los contradictorios, en lugar de totalizar realmente los complementarios. No dejando de hecho el nivel exotérico, la operación no consuma la ruptura exigida por la dimensión vertical, orientada hacia el norte. Hermes deja «Occidente»; pero no es con su sombra a cuestas como sube a las almenas del Trono. Por estar al norte, «arriba», el polo permite reconocer dónde está la sombra, ya sea la sombra individual de las funciones inferiores de la psique o la sombra colectiva de la «ciudad de los opresores». Pero ¿autoriza esto a decir que lo que muestra la sombra y la dirección en que está la sombra, puede ser esa misma sombra?
Si el norte cósmico es el umbral del más allá, si es el paraíso de Yima, ¿cómo puede ser el lugar del Infierno? Hermes asciende; deja en su lugar el Infernum, que queda por debajo de él, en el mundo de abajo que ha abandonado. No hay ahí ambivalencia ni ambigüedad; se ha recordado anteriormente la oposición del zoroastrismo y el zervanismo, y si algo de éste ha sobrevivido con éxito en la gnosis del Islam, es por un desfase de nivel, por una alteración radical de su dramaturgia que ha dejado precisamente el campo libre a la orientación constatada aquí.
Ciertamente, hay datos mitológicos en los que el norte tiene una significación contraria a la que estamos considerando. Pero no se podría hablar de ambivalencia a no ser que el tema fuera idéntico. Haría falta, pues, haber comenzado por construir y substancializar, de forma más o menos ficticia, una psique colectiva, para afirmar la permanencia y la identidad en la alternancia de sus contrarios. Sólo para este único tema valdría la ambivalencia del símbolo del norte, en tanto que umbral del paraíso y de la vida a la vez que de las tinieblas y las potencias hostiles. Así se caería, lamentablemente, en la trampa de la representación que el hombre puede hacerse de sí mismo. Pues lo que existe de hecho, real, concreta y substancialmente, no es una colectividad; son almas individuales, es decir, personas, cada una de las cuales puede ayudar a las otras a encontrar su propia vía para salir del pozo; pero desde el momento en que unas quieren imponer su vía a las otras, la situación nos devuelve a la «ciudad de los opresores» del relato sohravardiano. Esta colectivización de la psique, que lleva consigo la desorientación de los símbolos, no es sino una consecuencia más del olvido ya denunciado: la pérdida de la dimensión vertical ascendente, substituida por la extensión horizontal evolutiva.
La dimensión vertical es individualización y sacralización; la otra es colectivización y secularización. La primera libera a la vez de la sombra individual y de la sombra colectiva. Si Hermes hubiera accedido a quedarse en el fondo del pozo, sin duda también él habría tomado el norte cósmico, el polo, por el Infierno. Pero no porque el Cielo fuera el Infierno; lo que Hermes habría percibido en tal caso no habría sido justamente más que la sombra colectiva proyectada sobre el polo, sombra que le impediría verlo, es decir, que le impediría ver su propia persona de luz (como el infiel en el Puente Chinvat sólo ve su propia caricatura en lugar de ver a daênâ; como el sufí principiante no ve más que tinieblas, hasta que la luz verde resplandece en la abertura del pozo). Si la región del polo es lo que ella anuncia al sufí, no puede anunciar lo contrario salvo si una sombra la entenebrece, la sombra precisamente de quienes rechazan el ascenso a que el sufismo invita. Dejar caer la sombra no es volver hacia la sombra; la orientación no puede ser desorientación.
El «lugar» donde se sitúa este «hombre verdadero», es el punto central donde se unen efectivamente las potencias del Cielo y de la Tierra; así pues, por eso mismo, él es el producto directo y acabado de su unión; y es por eso también por lo que los demás seres, en tanto que producciones secundarias y parciales en cierto modo, no pueden más que proceder de él según una graduación indefinida, determinada por su mayor o menor alejamiento de este mismo punto central. Así pues, como lo indicábamos al comienzo, solo de él se puede decir propiamente y con toda verdad que es el «Hijo del cielo y de la tierra»; lo es «por excelencia» y en el grado más eminente que pueda ser, mientras que los demás seres no lo son más que por participación, siendo él mismo, por lo demás, necesariamente el medio de esa participación, puesto que es solo en su naturaleza donde el Cielo y la Tierra están inmediatamente unidos, si no en sí mismos, al menos por sus influencias respectivas en el dominio de existencia al cual pertenece el estado humano 1 . [René Guénon: Guenon Homem Verdadeiro]
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