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Homem Verdadeiro

HOMEM — HOMEM VERDADEIRO


VIDE: SUPER-HOMEM

Acerca de un «hombre verdadero» del estado de Lu, dice Zhuangzi:

No le interesa saber por qué vive. Ni le interesa saber por qué muere. Ni siquiera sabe qué viene antes y qué después [o sea: la Vida y la Muerte, en su mente, no se diferencian entre sí, dado que dicha distinción es insignificante]. Siguiendo el curso natural de la Transmutación, se ha convertido en una cosa. Ahora, se limita a esperar la siguiente Transmutación.

Además, cuando un hombre experimenta la Transmutación, ¿cómo puede estar seguro de que [en realidad] no está siendo transmutado? Y, cuando no experimenta la Transmutación, ¿cómo puede estar seguro de que [en realidad] no ha sido todavía transmutado?


En un pasaje similar acerca del problema de la Muerte y de la actitud del «hombre verdadero» respecto a ésta, Zhuangzi pone en boca de Confucio la siguiente declaración (en este caso, Confucio, huelga decirlo, es una figura ficticia que nada tiene que ver con el personaje histórico, si bien, naturalmente, hay un toque de ironía en el hecho mismo de que le haga hacer esta observación):

Ellos [los «hombres verdaderos»] vagan libremente allende los límites [o sea las normas usuales de la conducta adecuada], mientras que los hombres como yo vagamos libremente dentro de esos límites. «Allende los límites» y «dentro de los límites» son polos opuestos entre sí.


Ellos son quienes, por completo unificados con el Creador, se deleitan en la esfera de la Unidad original de la energía vital, antes de que ésta se divida en Cielo y Tierra.

Para sus mentes, la Vida [o el Nacimiento] no es más que la aparición de una excrecencia, una verruga, y la Muerte es la reventazón del divieso o del tumor. Siendo así, ¿cabe acaso esperar de ellos preocupación alguna por saber qué es mejor, si la Vida o la Muerte? Sencillamente adoptan diferentes elementos, uniéndolos en forma de cuerpo. Por ello no son conscientes ni de su hígado, ni de su hiel, y dirigen a otra parte sus ojos y oídos. Dejándose arrastrar por las olas infinitamente renovadas del Final y del Inicio, evolucionan en un círculo del que no conocen ni el inicio ni el final.


Para Zhuangzi, la Muerte no es más que una de las formas fenoménicas infinitamente diversas de la Realidad eterna. Para nuestra mente, esta Realidad metafísica se actualiza y se desarrolla como proceso que evoluciona en el tiempo. Pero, incluso considerado en su forma temporal, el proceso en cuestión describe un círculo del que se desconocen los puntos de partida y de llegada. La muerte no es más que una etapa en ese círculo. Cuando sobreviene, una forma fenoménica particular desaparece del círculo para reaparecer bajo otra forma fenoménica completamente distinta. La Naturaleza hace y deshace sin cesar. Pero el círculo en sí, o sea la Realidad, permanece inalterado e inmutable. Al unificarse con la Realidad, la mente del «hombre verdadero» también se torna imperturbable.

Un «hombre verdadero», relata Zhuangzi, vio su propio cuerpo horriblemente deformado en los últimos días de su vida. Renqueante, fue asomarse al pozo, contempló su imagen reflejada en el agua y dijo: «¡Ay, fué encorvado y deforme me ha hecho el Creador!». Un amigo le preguntó entonces: «¿Te resientes de tu condición?». Y he aquí lo que le contestó el moribundo «hombre perfecto»:

No, ¿de qué iba a resentirme? Quizá el proceso de Transmutación convierta mi brazo izquierdo en gallo. En ese caso, podría anunciarme el alba. Quizá el proceso transforme mi brazo derecho en ballesta. Así, podría utilizarlo para cazar algún pájaro y asarlo. Quizá el proceso transforme mis nalgas en ruedas, y mi espíritu en caballo. Podría, entonces, ir en carro, sin necesidad de uncir otra bestia.

Todo lo que conseguimos [al nacer en este mundo en una forma determinada] lo debemos a la llegada del momento. Todo lo que perdemos [o sea la muerte] también lo debemos a la llegada del turno. Debemos sentimos satisfechos con el «momento» y aceptar el «turno». De este modo, no habrá pesar ni regocijo. Los antiguos llamaban esta actitud «deshaeimiento de las ataduras». Si un hombre no puede deshacerse de las ataduras, es porque las «cosas» lo tienen encadenado.


Otro «hombre verdadero», en sus últimos momentos, recibió la visita de un amigo, que también era «verdadero». La conversación que mantuvieron, según relata Zhuangzi, resulta interesante. Al ver, alrededor del hombre en su lecho de muerte, a la esposa y a los hijos llorar y lamentarse, les dijo: «¡Silencio! ¡Fuera de aquí! ¡No lo disturbéis en su proceso de transmutación!».

Luego, volviéndose hacia el moribundo, dijo:

¡Grande es el Creador! ¿Qué hará de ti esta vez? ¿Adonde te llevará? ¿Hará ile ti un hígado de rata? ¿O acaso una pata de insecto?


El moribundo contestó:

[No importa lo que haga de mí el Creador, acepto la situación y obedezco su mandato.] ¿Acaso no ves que, en la relación entre un hijo y sus padres, el hijo va adonde le ordenan que vaya, al este, al oeste, al sur o al norte? La relación entre el Yin-Yang [o sea la Ley que regula el proceso cósmico del Devenir] y el hombre es incomparablemente más estrecha que la que vincula a un hijo con sus padres. Ahora, [el Yin y el Yang] me han traído al borde de la muerte. Negarme a obedecerlos constituiría un acto de obstinación por mi parte...


Imagina que hubiera aquí un gran maestro herrero fundiendo metal. Si el metal saltara y exclamara: «¡Quiero convertirme en una espada como Mo Yeh, en nada más!», sin duda el herrero consideraría malvado el metal. [Lo mismo ocurriría en el caso de] un hombre que, por haber adquirido fortuitamente forma humana, insistiera diciendo: «¡Quiero ser un hombre! ¡Un hombre y nada más!». El Creador consideraría que el hombre en cuestión es malvado.

Imagina que el mundo es una gran fragua, y el Creador, el maestro herrero. No importa adonde vayamos, todo resultará idóneo. Nos dormiremos tranquilamente [o sea moriremos] y despertaremos de repente [en una nueva forma de existencia].


[Toshihiko IzutsuSufismo e Taoismo]


Siguiendo la tradición extremo oriental, el "hombre verdadero" ( tchenn-jen ), es el que, habiendo realizado el retorno al "estado primordial", y por consiguiente la plenitud de la humanidad, se encuentra en adelante establecido definitivamente en el "Invariable Medio", y escapa ya por eso mismo a las vicisitudes de la "rueda de las cosas". Por encima de este grado está el "hombre transcendente" ( cheun-jen ), que hablando propiamente ya no es un hombre, puesto que ha rebasado la humanidad y está enteramente liberado de sus condiciones específicas: es el que ha llegado a la realización total, a la "Identidad Suprema"; ese ha devenido pues verdaderamente el "Hombre Universal". Ello no es así para el "hombre verdadero", pero, no obstante se puede decir que éste es al menos virtualmente el "Hombre Universal", en el sentido de que, desde que ya no tiene que recorrer otros estados en modo distintivo, puesto que ha pasado de la circunferencia al centro, el estado humano deberá ser necesariamente para él el estado central del ser total, aunque no lo sea todavía de una manera efectiva1 .

Esto permite comprender en qué sentido debe entenderse el término intermediario de la "Gran Triada" que considera la tradición extremo oriental: los tres términos son el "Cielo" ( Tien ), la "Tierra" ( Ti ) y el "Hombre" ( Jen ), y este último desempeña en cierto modo un papel de "mediador" entre los otros dos, como si uniera en él sus dos naturalezas. Es verdad que, incluso en lo que concierne al hombre individual, se puede decir que participa realmente del "Cielo" y de la "Tierra" (Céu e Terra), que son la misma cosa que Purusha y Prakriti, los dos polos de la manifestación universal; pero no hay ahí nada que sea especial al caso del hombre, ya que es necesariamente lo mismo para todo ser manifestado. Para que pueda desempeñar efectivamente, al respecto de la Existencia universal, el papel de que se trata, es menester que el hombre haya llegado a situarse en el centro de todas las cosas, es decir, que haya alcanzado al menos el estado del "hombre verdadero"; pero entonces todavía no le ejerce efectivamente más que para un grado de la Existencia; y es solo en el estado del "hombre trascendente" cuando esta posibilidad se realiza en su plenitud. Esto equivale a decir que el verdadero "mediador", en quien la unión del "Cielo" y de la "Tierra" (Céu e Terra) está plenamente realizada por la síntesis de todos los estados, es el "Hombre Universal", que es idéntico al Verbo; y, notémoslo de pasada, muchos puntos de las tradiciones occidentales, incluso en el orden simplemente teológico, podrían encontrar en esto su explicación más profunda2 . [René Guénon: O simbolismo da cruz]

NOTAS:
1 La diferencia entre estos dos grados es la misma que entre lo que hemos llamado en otra parte la inmortalidad virtual y la inmortalidad actualmente realizada ( El hombre y su devenir según el vêdânta, cap. XVIII ): son los dos estadios que hemos distinguido desde el comienzo en la realización de la "Identidad Suprema". — El "hombre verdadero" corresponde, en la terminología árabe, al "Hombre Primordial" ( El-Insâmul-qadîm ), y el "hombre transcendente" al "Hombre Universal" ( El-Insânul-Kâmil ). — Sobre las relaciones del "hombre verdadero" y del "hombre trascendente", ver La gran triada, cap. XVIII.
2 La unión del "Cielo" y de la "Tierra" (Céu e Terra) es la misma cosa que la unión de las dos naturalezas divina y humana en la persona de Cristo, en tanto que éste es considerado como el "Hombre Universal". Entre los antiguos símbolos de Cristo se encuentra la estrella de seis puntas, es decir, el doble triángulo del "sello de Salomón" ( cf, EL REY DEL MUNDO, cap. IV ); ahora bien, en el simbolismo de una escuela hermética a la que se vinculaban Alberto el Grande y Santo Tomás de Aquino, el triángulo recto representa la Divinidad, y el triángulo inverso la naturaleza humana ( "hecha a la imagen de Dios", como su reflejo en sentido inverso en el "espejo de las Aguas" ), de suerte que la unión de los dos triángulos figura la de las dos naturalezas ( Lâhût y Nasût en el esoterismo islámico ). Hay que destacar, desde el punto de vista especial del hermetismo, que el ternario humano: "spiritus, anima, corpus", está en correspondencia con el ternario de los principios alquímicos: "azufre, mercurio, sal". — Por otra parte, desde el punto de vista del simbolismo numérico, el "sello de Salomón" es la figura del número 6, que es el número "conjuntivo" ( la letra "vau" en hebreo y en árabe ), el número de la unión y de la mediación; es también el número de la creación, y, como tal, conviene también al Verbo "per quem omnia facta sunt". Las estrellas de cinco y seis puntas representan respectivamente el "microcosmo" y el "macrocosmo", y también el hombre individual ( ligado a las cinco condiciones de su estado, a las cuales corresponden los cinco sentidos y los cinco elementos corporales ) y el "Hombre Universal" o Logos. El papel del Verbo, en relación a la Existencia universal, puede precisarse todavía por la agregación de la cruz trazada en el interior de la figura del "sello de Salomón": el brazo vertical liga los vértices de los dos triángulos opuestos, o los dos polos de la manifestación y el brazo horizontal representa entonces la "superficie de las Aguas". — En la tradición extremo oriental, se encuentra un símbolo que, aunque difiere del "sello de Salomón" por la disposición, le es numéricamente equivalente: seis trazos paralelos, llenos o quebrados según los casos ( los sesenta y cuatro "exagramas" de Wen-wang en el Yi-King, formado cada uno de ellos por la superposición de dos de los ocho koua o "trigramas" de Fo-hi ), constituyen los "gráficos del Verbo" ( en relación con el simbolismo del Dragón ); estos "gráficos" representan también al "Hombre" como término medio de la "Gran Triada" ( el "trigrama" superior corresponde al "Cielo" y el "trigrama" inferior a la "Tierra", lo que les identifica respectivamente a los dos triángulos recto e inverso del "sello de Salomón" ).




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