VIDE: leste-oeste
Frente a este Oriente-origen que orienta verticalmente hacia el polo como umbral del más allá, donde brilla la luz interior en la noche divina, es decir, esotérica, el oriente geográfico, «literal», representará el día de la conciencia exotérica, que se opone tanto a esa noche divina de lo inefable como a la noche de las profundidades de la psique obscura, y que confunde una y otra pues, por su propia naturaleza, este día no puede coexistir con la noche; no puede existir más que por la fatal alternancia de días y de noches, de salidas y puestas de sol. Pero he aquí otra luz, la de la Roca de esmeralda (en la gnosis chiíta ismailí, otro simbolismo hará alusión al «sol que se levanta en occidente», es decir, del lado de la noche, pero se tratará precisamente del Imam que es el polo, la clave de bóveda y el eje de la jerarquía esotérica). El «sol de medianoche» representa la luz interior, la que es generada por la propia morada (como en el caso del var de Yima), en el secreto de sí misma. Por eso se propone aquí, decimos, una valoración nueva del contraste Oriente-Occidente: el hombre «nórdico» no es ya el de la etnología, es el «oriental» en el sentido polar de la palabra, es decir, el gnóstico exiliado, el extranjero que rechaza el yugo de los «opresores», porque le ha sido encomendada una misión en este mundo que aquellos no pueden reconocer. Y por ello presentimos el alcance de esta orientación fundamental, que orienta visión y realización en el sentido de un ascenso que rompe con nuestra concepción familiar de las dimensiones del tiempo, de la evolución, de la actualidad histórica.
Ahora bien, a partir de ahí, ¿no se encuentra afectado por esta orientación el sentido mismo de todos los mitos de reintegración? Pues la totalidad de su ser, la dimensión personal transcendente que el hombre discierne en la luz del norte, en el «sol de medianoche», no es simplemente la totalización de oriente y occidente, de la derecha y la izquierda, de la conciencia y el inconsciente. El ascenso del hombre de luz deja caer sobre sí mismas las tinieblas del pozo en el que estaba retenido el prisionero. Hermes no lleva con él su sombra; se despoja de ella; pues sube, y al subir las «ciudades de los opresores» se hunden en el abismo. Por eso reconocemos sentir una especial dificultad ante ciertas interpretaciones de la coincidentia oppositorum que parecen confundir en la misma idea de opposita los complementarios y los contradictorios. (Corbin Homem Luz)
O horizonte é o que se encontra sempre à vista dos nossos olhos, mas nunca ao alcance dos nossos passos. Contudo, verifica-se que o sol ultrapassa esses limites, tão visíveis quanto inacessíveis; ou, na transposição mítica, todos os dias o Sol emerge do Oceano, ao amanhecer, e nele imerge, ao anoitecer. Semelhante privilégio bastaria para que se lhe atribuísse a beata existência dos Imortais. Hélio — não o sol, como ente da natureza explicada pela ciência, mas como divindade de uma natureza implicada na mitologia — está intimamente comprometido na diacosmese do Oceano. O seu rasto de transcendência assinala, no círculo do horizonte, dois quadrantes, densos de significação mítica e existencial: o Oriente e o Ocidente. É verdade que a tradição mitológica dos gregos parece inclinar-se mais para o horizonte a oeste. Se nos propuséssemos descobrir os motivos da inclinação, talvez não andássemos longe de acerto, buscando-os, ainda e sempre, na ingênua interpretação da experiência natural: quem se interessa por achar caminho até aos «limites da terra», só poderá seguir o do sol. Daí, que no Ocidente, quotidiano término do único trajeto daquele que visivelmente transpõe as fronteiras de todo o visível, mais se adensem as maravilhas que orlam o horizonte, à beira do Oceano. [Eudoro de Sousa — Horizonte e Complementaridade]
Cualquier retrato de la época helenística debe comenzar con Alejandro Magno. Su conquista de Oriente (334-323 a. C.) marca un punto de inflexión en la historia del mundo antiguo. De la situación creada por esta conquista surgió una unidad cultural mayor de la que había existido nunca antes, una unidad que iba a durar casi mil años y que sería destruida a su vez por las conquistas del islam. El nuevo hecho histórico que Alejandro persiguió e hizo posible fue la unión de Oriente y Occidente. «Occidente» significa aquí el mundo griego que giraba en torno al Egeo; «Oriente», el área de las antiguas civilizaciones orientales que se extendía de Egipto a las fronteras de India. Aunque la creación política de Alejandro se quebró con su muerte, la fusión de culturas continuó ininterrumpidamente su camino a través de los siglos, tanto en forma de procesos de unión a nivel regional, dentro de los distintos reinos de los diadocos, como por el auge de una cultura supranacional y helenística, común a todos ellos. Cuando finalmente Roma disolvió las distintas entidades políticas de la zona y las transformó en provincias del Imperio, se limitó a dar forma a una homogeneidad que en realidad había sobrevivido largo tiempo al margen de los límites dinásticos.
En el más extenso marco geográfico del Imperio romano, los términos «Oriente» y «Occidente» adoptan nuevos significados: «Oriente» representa lo griego y «Occidente», la parte latina del mundo romano. No obstante, la mitad griega comprendía la totalidad del mundo helenístico, en el cual Grecia propiamente dicha se había convertido en una parte más pequeña; es decir, comprendía aquella parte de la herencia de Alejandro que no había vuelto al control «bárbaro». De esta forma, en la mayor perspectiva del Imperio, Oriente está constituido por una síntesis de lo que en un principio consideramos el Occidente heleno y el Oriente asiático. En medio de la permanente división de Roma desde los tiempos de Teodosio en un Imperio oriental y occidental, la situación cultural encuentra finalmente una expresión política: bajo Bizancio la unificada mitad oriental del mundo termina por formar aquel imperio griego que Alejandro había imaginado y que el helenismo había hecho posible, aunque el resurgimiento persa, más allá del Éufrates, había reducido su alcance geográfico. Paralelamente, la división de la cristiandad en dos Iglesias —la griega y la latina— refleja y perpetúa la misma situación cultural en el ámbito del dogma religioso.
Esta unidad espacio-cultural, creada por Alejandro y existente en los reinos de los diadocos, en las provincias orientales de Roma, en el Imperio bizantino y en la Iglesia griega, constituye un vínculo unificador en la síntesis helenística oriental y determina el escenario en el que se desarrollarán los movimientos espirituales que centran el interés de este libro. Con el objeto de aportar más datos sobre el pasado de dichos movimientos, esta Introducción se propone ampliar el tema del helenismo en general y clarificar, por una parte, algunos aspectos de sus dos componentes —la Hélade y Asia—, y por otra, la forma en que se produjeron su encuentro, unión y crecimiento común. [Hans Jonas – Religião Gnóstica, tr. Menchu Gutiérrez]
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