VIDE:
Simbolismo
Frédéric Portal: Do Simbolismo das Cores
«En el principio — dice San Juan — era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada se hizo de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; y la luz en las tinieblas resplandece, y los hombres no la comprendieron.»
Esta luz celestial revelada a los hombres encontró su símbolo natural en la luz que brilla en la tierra; el calor y el brillo del sol designan el amor de Dios, que da vida al corazón, y la sabiduría que esclarece a la inteligencia. Estos dos atributos de Dios, que se manifiestan en la creación del mundo y la regeneración de los hombres, aparecen inseparables en la significación del sol, del oro y del color amarillo. Hemos visto que el símbolo de la sabiduría era el blanco, como lo era del amor divino el rojo; el amarillo dorado reunió estos dos significados y formó uno solo, aunque con el carácter de manifestación y revelación. Esto explica una tradición antigua recogida por la heráldica; los autores que tratan del arte heráldico afirman que el color amarillo es una mezcla de rojo y blanco.
En la Biblia, el sol representa el amor divino cuando se opone a la luna, símbolo de la sabiduría; lo mismo ocurre con el oro, que indica la bondad de Dios, opuesto a la plata, emblema de la verdad divina.
El sol, el oro y el amarillo no son sinónimos, sino que, por el contrario, marcan distintos grados que resulta difícil precisar. El sol natural era símbolo del sol espiritual; el oro prefiguraba el sol natural, y el amarillo era emblema del oro.
Todas las religiones se apoyan en estos símbolos como bases de sus respectivos dogmas.
En el principio, decían los persas, fue creado el Verbo por la unión del fuego primigenio y el agua primigenia; Ormuz lo pronunció y el jefe de las tinieblas quedó vencido; de la palabra santa emana la luz primigenia, que crea a su vez la luz visible, el agua y el fuego. Honover es el Verbo; en su esencia se confunde con Ormuz, el dios creador; en el segundo grado aparece en la forma del árbol de vida, Hom; finalmente, en su tercer grado, es el anunciador del Verbo y, con el mismo nombre de Hom u Homanes, funda el magismo en tiempos del gran Shemshid.
Mitra es la personificación sacerdotal de este dogma. La doctrina esotérica veía en él la unidad anterior al dualismo de Ormuz y Ahrimán; él era el Eterno mismo, Zerván Akrana, mientras que la fe popular tendía a identificarlo con el sol, su símbolo.
Mitra es el pensamiento divino, el Verbo o palabra de Dios revelada a los habitantes de Persia; es fuente de toda luz, y el oro y el color amarillo son sus atributos como lo son de Apolo.
Mitra, el primero de los espíritus celestes, está en lo alto del temible Alborj y es inmortal, corcel vigoroso; fue el primero que habitó la Montaña de oro; con su maza aplasta los espíritus impuros, y está sentado, victorioso, sobre una alfombra de oro; también él es de color de oro.
Mitra, además, es el mediador, el ejecutor de la palabra santa; él vela por los muertos, y por su influencia celestial logra el hombre, elevándose en sus pensamientos, palabras y acciones, no meditar el mal. Él es el que socorre al que abandona el mal camino y lo invoca con manos puras; él pesa las acciones de los hombres en el puente de la eternidad, que separa el cielo de la tierra.
La perfecta identidad de los símbolos y ceremonias del cristianismo y el mitraísmo causó espanto a los primeros cristianos, y éstos la atribuyeron al espíritu de las tinieblas; no acusaron a los sectarios de Mitra de haber tomado sus misterios del culto del Mesías, pues sabían que la doctrina persa era anterior. El nudo gordiano de tal dilema lo cortó el diablo, como Dupuis zanjó en nuestros días la dificultad aludiendo al culto solar. La promesa de la venida de un redentor, extendida en todo el Oriente, y el genio simbólico que personificaba tanto las profecías como los dogmas ofrecen la única solución a este problema.
Zoroastro no fue en modo alguno el inventor de la religión a la que ha dado nombre, sino que fue en realidad el reformador del antiguo culto consagrado al sol espiritual; su nombre significa astro de oro, brillante, generoso, astro vivo 1. El calificativo de Zeré, o dorado, que también se aplica a Hom, el Verbo divino, nos devuelve a la India, donde encontramos estos mismos dogmas.
Según la Bhágavata Purána, Vishnú es la primera emanación de Dios; él es el sol espiritual, el pensamiento eterno, el Verbo divino; él, Dios radiante de luz, se agitaba en la superficie de las aguas primigenias, y de ahí le vino el nombre de Náráyana. Uno de sus epítetos es "el que viste de amarillo". Vishnú se encarna en Krishna, el Verbo revelado.
Las leyes de Manu atribuyen a Brahma el papel que Vishnú desempeña en el Bhagavatam : como aquel que sólo el espíritu puede percibir, resolvió en su pensamiento hacer emanar de su substancia las diversas criaturas y produjo primero las aguas, en las cuales depositó un germen. Este germen se convirtió en un huevo brillante como el oro, tan deslumbrante como el astro de los mii rayos, y en él nació el Ser supremo mismo en forma de Brahma, abuelo de todos los seres; también a Brahma se lo llama Náráyana, el que se mueve sobre las aguas ".
Vishnú, el Ser supremo, y Brahma, su primera manifestación, parecen confundirse a menudo, como ocurre con Dios y el Verbo eterno.
Egipto reproduce el mismo dogma. El Poimandres, cuyo nombre misterioso indica la palabra revelada a los egipcios por Amón o el Verbo, contiene textualmente la doctrina de San Juan. La luz — dice — soy yo, Dios pensamiento, más antiguo que el pensamiento húmedo que surgió brillante del seno de las tinieblas; y el Verbo radiante del pensamiento es el hijo de Dios, y el pensamiento es Dios padre; no están en modo alguno separados, pues su unión es la vida.
Se ha pretendido que esta doctrina era obra del neoplatonismo. ¿Cómo, pues, la encontramos consagrada por la mitología egipcia?
Amón era la luz revelada, el Verbo divino. Dice Iamblichus que, en los misterios de Egipto, el Ser supremo, el Dios de verdad y de sabiduría, tomaba el nombre de Amón cuando se revelaba al mundo en su luz divina. La revelación personificada y separada de la Divinidad por el pensamiento se convirtió en el hijo de Dios; Horus, hijo de Osiris e Isis, nació de la unión del espíritu y la materia, lo mismo que el Verbo de la religión de los persas, Honover.
El nombre de Horas u Hor se encuentra también en el pasaje del Génesis donde Dios dice: «Haya luz, y hubo luz». Horas, Verbo divino, rige la creación del mundo; nace, como Brahma, en el seno de las aguas y en el cáliz de un loto. El nacimiento del sol se representaba del mismo modo.
El oro estaba consagrado a Horas, como a Vishnú o a Mitra; el parecido entre la palabra latina aurum, la palabra francesa or y el hebreo aor, la luz, así lo indica, y los monumentos lo demuestran.
Vishnú, Mitra, Horas y Apolo son la misma Divinidad, que representa el mismo dogma. Este mito, surgido en Oriente, se va materializando en su avance hacia el Occidente y el sur; en la India, Vishnú es completamente distinto del sol material o Surya y se identifica con el sol místico Om. En el zoroastrismo, Mitra se acerca a un culto material, al menos en su forma exterior; en Egipto, los símbolos de Horas son los mismos que los referidos al sol; en Grecia, por último, Apolo es la personificación de ese astro.
El símbolo se convierte en Dios, el pueblo adora al sol y las cohortes celestiales, reina en Oriente el sabeísmo. Sale entonces Abraham de Caldea, se rompen los ídolos, y sin embargo los símbolos siguen siendo los mismos. Moisés aparece a los israelitas radiante de luz : rayos iluminan su cabeza; el profeta Habacuc anuncia la venida del santo : «Su esplendor — dice — brillará como una viva luz, rayos saldrán de su mano; allí se encuentra oculta su fuerza». La mano era el emblema de la potencia, y los rayos del sol designaban la manifestación del amor y la sabiduría de Dios. No nos sorprenderá, pues, que los padres de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de los profetas, llamen a Jesucristo luz, sol y oriente, y que el oro sea su símbolo; comprenderemos por qué los artistas cristianos atribuyeron a Jesucristo cabellos rubios dorados como antes se habían atribuido a Apolo, y colocaron la aureola en su cabeza, así como en la de la Virgen y los apóstoles. En Egipto, el círculo de oro representaba el curso del sol y la conclusión del año. El Mesías, sol divino, concluye un período religioso y social y abre una nueva era; la aureola era el símbolo natural de un acontecimiento que acaso esté reservado a nuestra época apreciar en toda su grandeza.