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Otero Fenix

SIMBOLISMO — Luis Miguel Martínez Otero


Excertos de "Iniciación al Simbolismo"

Vayamos ahora a contemplar otro gran símbolo de muerte y resurrección: el AVE FENIX, mítico pájaro que toma nombre de griego foinix, purpurado (defoinikés, color púrpura), también traducido por «pájaro de fuego». Color púrpura de la regeneración y, en Alquimia, el de la Obra al Rojo y aun el de la Piedra Filosofal.

En el antiguo Egipto se le conocía por benú (lo que, al parecer, da una idea de esplendor), próximo al asirio banú, brillante.

Este color rojo púrpura es el del Sol en su poniente, que va a adentrarse en el reino de los muertos, la noche: occidente y lugar hacia donde camina el peregrino jacobeo en busca de renovación. Pero esta renovación es para la Naturaleza una cosmogénesis que inaugura un nuevo ciclo, simbólicamente de 365 días, conforme en esto con los «fisiólogos de Viena» (que veían al Fénix sedente en un fuego de sarmientos encendidos por el dios radiante Febus) que contaban en nuestra Ave 365 plumas. En este cuadro cíclico, los misterios de Mitra denominan al Fénis «Heliodromos», «vía solar», y aparecía radiante en la cima de alta montaña, inaugurando una edad de oro.

La leyenda dice que no existía sino un solo benú sobre la Tierra que, cuando cumplía los 500 años, alzaba el vuelo pasando por encima de Arabia hasta Heliópolis, cuyos sacerdotes habían sido prevenidos por los dioses de su llegada. Se construía el pájaro una hoguera sobre el altar del templo del Sol, hecha de preciosas maderas aromáticas de Arabia que los rayos del Sol inflamaban y sobre la cual se consumía a sí mismo; pero de sus cenizas nacía un pequeño gusano que se transformaba, antes de acabar el día, en un nuevo benú lleno de vigor.

La leyenda, pues, no contradice, sino que enriquece extraordinariamente la interpretación en clave ciclológica que antes dábamos, y que no es de nuestra cosecha. Ph. Virey en su Religions de l'ancienne Egypte (citado por Louis Charbonneau-Lassay) decía del Fénix «símbolo de las apariciones periódicas de la salida del Sol, es decir, emblema de la resurrección de Osiris».

Veremos, no obstante, que deberemos ir más lejos en nuestra búsqueda, y que, a aquel sentido hay que añadirle el ascensional, propio ya de su misma naturaleza de ave. Plinio incurre en el mismo defecto que, de su verdadero sabor, hace insípido el mito. Lo vemos en su Historia Natural, hablando de los informes del sabio Masilio. Dice: «nadie lo ha visto comer nunca. Está consagrado al Sol de Arabia y vive 500 años. Llegado a la vejez construye un nido con ramitas de canela y de incienso, lo llena de perfumes y muere encima. De sus huevos y de su médula nace un gusano que llega a ser un nuevo Fénix.

Este, comienza por hacer al primero dignos funerales: transporta el nido entero cerca de la Pancaia, en la Villa del Sol, y lo depone sobre el altar. El mismo Masilio dice que la revolución del gran año se hace con el Fénix; y que retornan entonces los mismos signos de las estaciones y de los astros. Este renuevo tiene lugar en medio del día en el que el Sol entra en el signo de Aries».

Como antes apuntábamos, quedarse en la lectura en clave cíclica no basta. Pasa aquí algo muy similar a lo que más tarde veremos con el simbolismo del laberinto, cuya interpretación según la hierohistoria cretense (tal como se nos presenta) es alicorta.

Que duda cabe que el Fénix es «también» la perpetuidad cíclica. Pero podemos decir nosotros del Fénix que renace de sí mismo por sí mismo, y que él es él y su posteridad. De ello nos habla suficientemente el holocausto consentido, las alas del vuelo, el púrpura color que devela el nombre y que es el de la realeza, así como el de la Gran Obra. Es, pues, la muerte, obra al negro; para mejor alcanzar la resurrección.

Este pájaro, a mayor abundancia, viaja a Heliópolis (Egipto) pasando por Arabia. Según Plinio, estaba consagrado al Sol de Arabia y llegado a la vejez, transportaba su nido a la Pancaia, a la Villa del Sol (Egipto). Es siempre, de Arabia a Egipto, un viaje hacia Occidente, camino del Sol del que ya hemos hablado con anterioridad. Y ello basta.

Este símbolo del Fénix es maravilloso. No por ello nos encanta, si lo historiamos como lo hemos hecho. Con ello perdemos la simplicidad el magnetismo y el halo de misterio de los antiguos grabados, que muestran al altivo Fénix enhiesto, consumiéndose (o renaciendo) entre las llamas. Esta es la imagen que subsiste cuando la leyenda pasa y se olvida: leyenda que poco añade a la magia del grabado y a la del nombre: AVE FENIX.

Los antiguos han visto allí un símbolo del Cristo, Cristo-Fénix, que muerto voluntariamente, por propia virtud resurge. Y como el Cristo resurgido asciende y se pierde entre las nubes, igualmente este ave renacida desaparece entre las nubes del «mito» (se vuelve mítica), es decir, del misterio.