VIDE: Predisposição, Radiação
Titus Burckhardt: Excertos de INTRODUÇÃO ÀS DOUTRINAS ESOTÉRICAS DO ISLÃ
Según Ibn Arabi, el «estado espiritual» (al-hal), la iluminación súbita del corazón, se engendra por la acción recíproca de la «irradiación» (al-tajalli)1 divina y la «predisposición» (al-isti’dâd) del corazón. Según el punto de vista en el que uno se sitúe, uno de estos dos polos aparecerá como determinante o determinado.
Frente a la Realidad divina, informal y omnipresente, que ninguna cualidad podría definir, el carácter particular de un estado espiritual sólo puede atribuirse a la predisposición del corazón, es decir, a la receptividad fundamental e íntima del alma, de acuerdo con la famosa parábola de Al-’Junayd: «El color del agua es el color de su recipiente.»
Por otra parte, la predisposición del corazón no es más que pura potencialidad. No puede conocerse al margen de la irradiación divina, pues la potencialidad no puede sondearse sino en la medida en que sus contenidos se actualizan. Así pues, la irradiación es lo que actualiza la predisposición; es lo que confiere al estado espiritual su cualidad inteligible. Es, dice Ibn Arabi, «evidente por sí misma», pues ella se afirma en él inmediata y positivamente como un «nombre» o «aspecto» divino, mientras que la predisposición como tal permanece como «la cosa más oculta que existe», según escribe nuestro autor en su Sabiduría de los Profetas (capítulo sobre Set).
De acuerdo con este último aspecto, no hay nada en la receptividad del corazón que no sea respuesta a la irradiación o revelación divina, cuyas fulguraciones sufre alternativamente; éstas varían según los diversos «aspectos» o «nombres» de Dios y este proceso nunca se agota, ni por el lado de la irradiación divina, que es esencialmente inagotable, ni por el de la plasticidad primordial del corazón.
El mismo Ibn Arabi se coloca, alternativamente, en uno y otro de estos dos puntos de vista: por una parte afirma que el «contenido» divino de la iluminación es inasequible y que sólo la «forma» receptiva del corazón «forma» que surge a partir de la predisposición fundamental del ser— proporciona a la irradiación su cualidad o su «color»; desde el otro ángulo, afirma que la «forma» que toma el corazón en el momento de su contemplación de Dios, se adapta por completo a los modos de irradiación. Lo que el recipiente puede imponer a la irradiación divina no es, en suma, más que un límite, y este límite es nulo en comparación con su contenido cualitativo: lo que se manifiesta en ella —y en cierto modo por ella— no es otra cosa que una Cualidad (sîfa) o una Realidad (Haqîqa) divina incluida dentro de la Esencia una e infinita. Los dos criterios se contradicen en apariencia, ya que uno se refiere a la manifestación de Dios en las Cualidades universales, siendo esta manifestación «objetiva» en cierto modo, mientras que el otro se dirige hacia la realidad «subjetiva» de la Esencia. Ibn Arabi escribe sobre este tema (ibid. capítulo sobre Jetro): «... el corazón del gnóstico (al‘ârif) posee tal amplitud que Abû Yazîd al-Bistâmi decía de él: si el Trono divino con todo lo que le rodea se encontrase cien millones de veces en un rincón del corazón del gnóstico, no lo sentiría; y Junayd dice en el mismo sentido: si lo efímero y lo eterno se unen, no queda rastro del primero; ¿cómo el corazón, que contiene lo eterno, sentiría la existencia de lo efímero?, pero la irradiación divina puede variar de forma; es, pues, necesario que el corazón se dilate o se contraiga a merced de esta irradiación, pues de ningún modo podría sustraerse a las modalidades de ésta... Esto es lo contrario de lo que consideraban los hombres de nuestra Vía cuando decían que Dios se revela en la medida de la predisposición del adorador, pero no es así como nosotros lo entendemos: es el adorador quien se manifiesta a Dios según la “forma” con la que Dios se le revela (tajallâ).» La predisposición, explica el maestro a continuación, tiene su fundamento en la esencia (al-’ayn al-tâbita) del ser; es, pues, la expresión de lo que este ser es en sí mismo como posibilidad permanente, contenida en Dios. En este sentido, es en el estado principial de no-manifestación (al-gayb) donde el «corazón», es decir, el «núcleo» esencial e imperecedero del ser, recibe su «predisposición»: Dios se la «comunica» en el misterio de la Aseidad (al-huwiyya) pura, y después El se le revela de una manera «objetiva», imprimiéndole las «formas» de Sus «nombres» o «aspectos»: «De modo que uno ve al otro y el corazón se manifiesta a su vez con el aspecto de lo que se le revela... » (ibid.).
NOTAS