HOMILÍA DEL S. II
La Homilía del segundo siglo, llamada antiguamente «segunda epístola de Clemente», data de la primera mitad del siglo II. Se desconoce su autor.
Hemos escogido dos fragmentos que nos parecen de especial interés:
El primero alude a la manifestación del Reino de Dios, citando una misteriosa sentencia del Señor que no aparece en los Evangelios canónicos, pero que encontramos también expresada con términos similares, al final del Evangelio apócrifo según Tomás.
El segundo habla del misterio de la Iglesia, que no empezó con los cristianos, sino que fue creada antes que el sol y la luna.
XII Así pues, esperemos a cada instante el reino de Dios en la caridad y en la justicia, ya que ignoramos el día en el que Dios se manifestará. En efecto, habiendo preguntado alguien al Señor cuándo llegaría su reino, respondió: «Cuando las dos (cosas) no harán más que una, cuando el exterior será como el interior, cuando en el encuentro entre el hombre y la mujer no habrá ni hombre ni mujer».
XIV Así pues, hermanos, haciendo la voluntad de Dios nuestro Padre perteneceremos a la primera Iglesia espiritual, que fue creada antes que el sol y la luna. Si, por el contrario, no hacemos la voluntad del Señor, resultará lo que dice la Escritura: «Mi casa se ha convertido en una cueva de ladrones» (18). Prefiramos, pues, pertenecer a la Iglesia de vida a fin de ser salvados. Creo que no ignoráis que la Iglesia viviente es «el cuerpo de Cristo» (19), pues dice la Escritura: «Dios hizo el hombre macho y hembra» (20); el macho es Cristo y la hembra, la Iglesia. Y los libros de los Profetas y de los Apóstoles enseñan que la Iglesia no existe desde ahora sino desde el origen; era espiritual al igual que nuestro Jesús y ha aparecido en los últimos tiempos para salvarnos. Y la Iglesia, que era espiritual, se ha vuelto visible en la carne de Cristo, mostrándonos con ello que si uno cualquiera de nosotros guarda la Iglesia en su carne sin corromperla, la recibirá en el Espíritu Santo, puesto que esta carne es una copia del espíritu; quienquiera que corrompa la copia no puede participar del original. Esto, hermanos, quiere decir: Respetad la carne a fin de participar del espíritu. Pues si decimos que la carne es la Iglesia y que el espíritu es Cristo, se sigue que quienquiera ultraja la carne ultraja la Iglesia. Ese hombre no participará del espíritu que es Cristo. Estas son la vida y la incorruptibilidad de las que nuestra carne puede participar, gracias a su unión con el Espíritu Santo; y nadie puede describir ni definir los bienes «que el Señor ha preparado» (21) para sus elegidos.
Respecto al párrafo XII que acabamos de citar nos parece interesante recoger aquí el logion 114 del Evangelio de Tomás:
«Simón Pedro le dijo: Que María salga de en medio de nosotros pues la mujeres no son dignas de la vida. Jesús dijo: yo la guiaré para hacerla macho, para que también se vuelva un espíritu viviente semejante a vosotros que sois machos. Pues toda mujer que se hiciera macho entrará en el Reino de los cielos».