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Vermelho

La alta antigüedad de los libros sagrados se reconoce en un aire familiar; en todos alienta el mismo pensamiento espiritual aunque están revestidos de formas simbólicas diferentes. El Poimandres hará comprender la doctrina secreta de estos antiguos códigos y permitirá tal vez la comprensión de algún jeroglífico.

Hermes, sumido en éxtasis, ve aparecer a Amón, o el Verbo divino: «Yo — le dice — soy Poimandres, pensamiento de aquel que existe en sí; yo sé lo que quieres y en todas partes estoy contigo». «Deseo — responde Hermes — aprender lo que es, comprender la naturaleza de las cosas y conocer a Dios». Entonces se opera en el espíritu del profeta egipcio el misterio de la creación del mundo, y dice : «Todas las cosas se hicieron luz y en mi admiración me encendí de amor; las tinieblas terribles y odiosas se derrumbaban y parecían metamorfosearse en principio húmedo; vomitaban agitadas un humo como de fuego, y se alzó de su seno un sonido lastimero e inefable; creí oír la voz de la luz,0. La tierra y el agua se encontraban confundidas; la tierra no se veía, estaba cubierta por el principio húmedo; el Verbo espiritual planeaba encima de aquella naturaleza y la agitaba».

«Poimandres me dijo : "¿Comprendes esta visión? La luz soy yo, tu Dios pensamiento, más antiguo que la naturaleza húmeda que brillaba en el seno de las tinieblas, y el Verbo radiante del pensamiento es el hijo de Dios". "Y de ello — dije yo — ¿qué resulta?" "Conoce que lo que en ti ve y oye es el Verbo del Señor. Pero el pensamiento es Dios Padre; en modo alguno se encuentran separados, pues su unión es la vida".»

La creación del mundo es así la imagen de la regeneración; la inteligencia del hombre es una emanación de Dios, en quien tenemos la vida, el movimiento y el ser. El Espíritu Santo es el lazo que une la criatura al Creador; el pensamiento, añade Hermes, es Dios andrógino; pues es vida y luz; como demiurgo o creador, ha producido con su verbo el otro pensamiento operante que es Dios de fuego y de espíritu o de aliento.

El calor y la luz, símbolos del amor y la sabiduría de Dios, eran los dos principios, el masculino y el femenino; la doctrina del Poimandres explica por qué el dios egipcio Knef, o el eterno, era andrógino; Júpiter, según Orfeo, es el esposo, y la ninfa inmortal, Mitra, parece asimismo haber sido una Divinidad macho y hembra. Según las tradiciones rabínicas, Adán fue creado macho y hembra. Amor y sabiduría existían en él conjuntamente.

El nacimiento del mundo, según el Poimandres, es en todo semejante al Génesis de Moisés. Dios crea el hombre mediante su palabra y lo regenera mediante su Espíritu Santo, que es amor y verdad y cuyo doble símbolo es el fuego y el aire y, en la lengua de los colores, el rojo y el azul.

Esta doctrina domina todos los libros bíblicos: olvidada por los hebreos, que no comprendían más que la letra muerta de la palabra, el Mesías la devolvió a la luz; e igualmente constituyó la base de la teología egipcia, y los jeroglíficos nos muestran su existencia en el frontón de todos los templos.

Un sabio inglés estableció que la trinidad egipcia estaba representada por un globo, una serpiente y un ala; el globo era emblema de Dios, porque su centro se encuentra en todas partes y su circunferencia no puede ser medida; la serpiente designaba la eternidad y al mismo tiempo la sabiduría; el ala era símbolo del aire o del espíritu.

Más tarde estudiaremos el símbolo de la serpiente y convendremos en que representaba el Verbo, la buena serpiente Meisi, en expresión de Horapolo.

En un monumento de Tebas, grabado y coloreado en la Description de l'Egypte, el globo es rojo, las dos serpientes son de oro, y las alas son rojas y azuladas; el espacio entre las dos serpientes lo llena un tono verde; el rojo es el símbolo del amor divino, el oro o el amarillo dorado indica el Verbo, la revelación; el azul, el aire o el aliento divino: el verde era la última esfera divina, que encontraremos también en el arco iris verde del Apocalipsis.

La traducción de este jeroglífico se hace fácil; Dios, en su unidad que abarca el universo, es amor, se revela mediante la bondad y la sabiduría que significan el oro y las dos serpientes; recuerda la creación en su seno por la verdad y el amor designados por las dos alas y por el color rojo y azul.

Sean cuales fueren los prejuicios establecidos, debo referir aquí la opinión de un sabio, opinión que él ofrecía tan solo como conjetura, y que adquiere aquí grado de certidumbre. «Es a Iso, a Jesús, salvador del mundo y sol de justicia, a quien representaban los egipcios en todas las puertas de sus templos; y el significado de ese símbolo, pues, era el que nos ha trasmitido Malaquías. Ha salido (o saldrá) para vosotros el sol de justicia, vuestra salvación trae bajo sus alas».

Establecer este paralelo tal vez parezca excéntrico a quienes olvidan que al Mesías llaman los Padres de la Iglesia sol y buena serpiente; que el Espíritu Santo descendió sobre el ungido del Señor en forma de paloma y, finalmente, que globo, serpiente y alas tienen precisamente en los monumentos del medievo el mismo significado que en los templos de Tebas. Los cristianos verán aquí la confirmación de las profecías y de la verdad del cristianismo, de esa religión divina que no solo se anunció a una casta aislada y olvidada del mundo, sino que apareció precedida de la espera del universo.