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id da página: 9140 Cidade de Deus

Cidade de Deus

CIDADE — CIDADE DE DEUS


Ananda Coomaraswamy: O QUE É CIVILIZAÇÃO?

Así pues, la Ciudad de Dios humana contiene dentro de sí misma el modelo de todas las demás sociedades y de una verdadera civilización. El hombre será un hombre «justo» (griego dikaios) cuando cada uno de sus miembros cumple su tarea propia y está sometido a la Razón gobernante que ejerce la providencia en beneficio de todo el hombre; y de la misma manera la ciudad pública será justa cuando hay acuerdo en cuanto a quien gobernará, y no hay ninguna confusión de funciones, sino que cada ocupación es una responsabilidad vocacional. Así pues, no donde no hay «clases» o «castas», sino donde cada uno es un agente responsable en algún campo especial1 . Una ciudad que carece de esta «justicia» (dikaiosyne) no puede llamarse una «buena» ciudad, como tampoco puede llamarse una buena ciudad si carece de sabiduría, sobriedad o coraje; y éstas cuatro son las grandes virtudes cívicas. Donde las ocupaciones son así vocaciones «se hará más, y se hará mejor, y con más facilidad que de ninguna otra manera» (República 370C). Pero «si el que por naturaleza es un artesano o algún tipo de comerciante, se deja tentar y envanecer por la riqueza o por su dominio de los votos o por su propia fuerza o por cualquier otra cosa, e intenta manejar los asuntos militares, o si un soldado intenta ser un consejero o un guardián, para lo cual no está dotado, y si estos hombres intercambian sus herramientas y honores, o si uno y el mismo hombre intenta manejar todas estas funciones a la vez, entonces, yo entiendo, y tú estarás conmigo en que este tipo de perversión y de aprendiz de todo y maestro de nada será la ruina de la ciudad»; y esto es «injusticia», (República 434B).


NOTAS:
1 En cuyo caso, cada ocupación es una profesión; es decir, no meramente una manera de ganarse la vida, sino una «manera de vivir», cuyo abandono es morir una muerte. «El hombre que ha cambiado de un trabajo a otro, fácilmente y sin que ello le moleste, no tiene ningún respeto profundo de sí mismo» (Margaret Mead, And Keep Your Powder Dry, p. 222).