Los hombres deben alcanzar el sentido de la realidad de sí mismos. Por ahora ellos tan sólo se limitan y se coartan, sintiéndose diferentes y más pequeños de lo que son; todo pensamiento propio, todo acto es un barrote más para su prisión, un velo más para su visión, una negación de su potencia. Se cierran en los límites de su cuerpo, se apegan a la tierra que los conduce: es como si un águila se imaginara serpiente y se arrastrara por el piso ignorando sus alas.
Así también él debe dirigirse a su alrededor y liberar de la petrificación todo aquello que lo rodea. Antes de saberlo, él deberá imaginar que en la tierra, en las aguas, en el aire y en el fuego hay fuerzas que saben que son y que las llamadas fuerzas naturales no son sino modalidades de nuestra sustancia proyectadas hacia afuera. No es la tierra la que hace vivir a la planta, sino que son las fuerzas que están en la planta las que arrancan a la tierra elementos para la propia vida. En el sentido de la belleza de las cosas debe asentarse el sentido del misterio de las cosas como una realidad aun oscura pero presentida. Pues no sólo lo que podemos ver y conocer debe actuar en nosotros, sino también lo desconocido, afirmado valerosamente y sentido en su fuerza.
Así podremos establecer una relación realizativa con esta nueva visión, la cual antes se referirá al subconsciente hasta que después de un cierto tiempo se encuadrará en modo siempre más definido en el sentimiento del que hemos hablado; se presentará entonces una nueva condición en la cual lo que antes era concepto podrá convertirse en presencia de una fuerza y se alcanzará así un estado de liberación sobre el cual será posible edificar la nueva vida.