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nomen bestiae


SE PROFETIZARAM TODAS ESSAS COISAS? (cont.)

Uno podría, por supuesto, “buscar en las Escrituras” y encontrar aún más pistas —pero nos quedaremos con una, la apocalíptica “marca de la Bestia”. Esta supone, por lo general, que el hombre adorará a algún “animal” tal como el “becerro de oro”. Sin embargo, un posible significado de la “bestia” (apocalíptica) es el del “hombre en sí mismo”, el hombre en cuanto hombre, tal como está fuertemente recalcado en alguno de documentos del Vaticano II. El hombre que es “el autor de su propia cultura”, el hombre que “se esfuerza por llegar hasta la auténtica y completa humanidad”. Después de todo, la maldición del ángel en Ap 16, 2 va dirigida contra “los hombres que tenían el carácter de la bestia”. Es el hombre que ya no reza ni conoce a Dios más que en términos vagos y sentimentales que no tienen significado en realidad. Es el hombre cuya relación con lo sobrenatural es una relación de “sentimiento” personal y de “encuentro”, más que de “conocimiento (gnosis)” y de “aceptación de la Revelación”. Es el hombre que “a través de sus relaciones con los otros, a través de recíprocas responsabilidades, y a través del diálogo fraternal, desarrolla todos sus talentos y es capaz de alcanzar su propio destino” (Constitución Pastoral de la Iglesia, párrafo 25). Es el hombre cuya fe es una “simple aspiración de superación”, más que una “creencia en las doctrinas de la Iglesia Católica” (Andrew Greeley). Es el hombre que ya no necesita a Dios o a su Iglesia, y que si no proclama que “Dios está muerto”, sí que relega a Dios al “asilo” para ancianos y enfermos. Es el hombre moderno que se ha divorciado de toda Tradición y está convencido de que puede “hacerse a sí mismo”. Es el hombre que se ha reducido a sí mismo al nivel de la “bestia”. Es el hombre que no necesita ninguna “marca” especial, sino que más bien, deja su marca en todo lo que toca. Y si esto le choca a alguien, que considere las palabras de un conocido antropólogo, Ashley Montagu:

“Yo considero que él así llamado “salvaje” es mejor humano e infinitamente mejor cristiano que el llamado hombre blanco. Yo considero al hombre moderno Europeo y a su equivalente Americano como una criatura que ha caído tan bajo que no sería posible que cayera más bajo todavía. No conozco del así llamado “pueblo primitivo” ninguno del que no se pueda decir que es mejor ser humano que cualquiera de los miembros de los así llamados “pueblos avanzados”.

De una carta a Ananda Coomaraswamy



Por supuesto, nadie puede afirmar que las predicciones de las Escrituras mencionadas anteriormente sean aplicables con toda certeza a la actual situación de la Iglesia Católica. Lo que sin embargo es espantoso, es que todo lo que está ocurriendo es consecuente con estas predicciones y profecías. Como S. Alfonso de Ligorio dijo: “el Diablo siempre ha intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles precursores del Anticristo, el cual, antes que otra cosa intentará abolir y ciertamente abolirá el Santo Sacramento del Altar...” (La Misa).

Para el Católico individual, sin embargo, tal especulación no es importante. El día del Juicio, él no será responsable por no interpretar la profecía, sino por sus acciones. Frente a una situación que “huele” a todo aquello de lo que hemos sido advertidos, él debe adherirse con todo su corazón a lo que es seguro. Frente a lo que parece ser una liturgia siempre cambiante, él debe adherirse a aquella liturgia que es incambiante —la Misa de Todos los Tiempos. Frente a los pronunciamientos doctrinales que parecen seguir la moda, él debe adherirse a la Doctrina de todos los tiempos. Frente a una fe que es descrita como “personal”, “encontradiza” y es confinada a los “sentimientos íntimos” de cada uno, él debe adherirse a la Fe de Todos los Tiempos. Viviendo en los días en que la estructura de la Iglesia parece tan efímera como las arenas del tiempo, él debe adherirse ¡al Nombre que existió en el seno del Padre antes de que llegara a ser en el tiempo el sagrado Nombre de Jesús!

Finalmente, unas palabras sobre aquélla otra profecía de la Escritura, que dice que los fieles “que queden” serán perseguidos por los poderes del Anticristo. Y no hablo de las persecuciones que hay ahora de sacerdotes que persisten en decir la Verdadera Misa, sino de las que habrá de fieles, sacerdotes o laicos, que se nieguen a “comer alimento inmundo”. La jerarquía modernista ha abdicado de su derecho a decir la Verdad en el mundo moderno —después de todo, nuestros hermanos separados también dicen la verdad. Anteriormente, si el Papa hubiera hablado sobre una cuestión como el aborto, millones de fieles hubiesen obedecido, e incluso los gobiernos hubieran temido ser derribados. Hoy en día, cuando el Papa habla, incluso sus Obispos más próximos se apresuran a contradecirle. Sus seguidores censuran sus palabras antes de que los herejes hayan tenido siquiera la oportunidad de leerlas. Si la Iglesia no puede ser ya una fuerza de la Verdad y la Moralidad, entonces los gobiernos se convertirán en los medios de legislar la Verdad y la Moralidad. Una vez que esto ocurra, aquellos que no quieran aceptar la “nueva moralidad” se convertirán en los “enemigos del pueblo”. Si la eutanasia es proclamada como una política del gobierno —y esto se hizo anteriormente en Alemania, un país cristiano— entonces, aquéllos que se nieguen a reconocer este “bien”, tendrán que ser “reeducados”. Nuestras creencias religiosas serán permitidas solamente si las mantenemos en privado y no se las enseñamos a nuestros hijos. Cuando sentimos la necesidad de hablar contra la corriente predominante —para ser testigos de la verdad—, cuando nos negamos a aceptar las decisiones de una mayoría numérica o cuando rechazamos las demandas y directrices de cualquier grupo de poder que en ese momento controle el gobierno, entonces estaremos “obstruyendo” la “voluntad del pueblo” y seremos declarados “enemigos del Estado”. Una vez que llegue ese día, ya no habrá una Iglesia visible que nos hable y estaremos solos. Habrá “llanto y rechinar de dientes”, si no en nuestros días, en los días de nuestros hijos. Serán ellos quienes nos acusen y nos pregunten: ¿por qué no os mantuvisteis firmes en vuestros principios?, ¿por qué permitisteis que os arrastraran de un lado a otro como una “caña agitada por el viento”? No permitamos que nos conviertan en una generación que Dios detesta. No demos lugar a que El nos diga: “Durante cuarenta años me asqueó aquella generación y dije: son un pueblo de corazón extraviado y ellos no conocen mis caminos. Por eso en mi cólera juré: ¡No han de entrar en mi reposo!” (Salmo 95).