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Vermelho

Los jeroglíficos reproducen la doctrina del Poimandres; las leyendas sagradas recogidas por los autores griegos acerca de la trinidad egipcia confirman este dogma y le dan el último carácter de autenticidad.

El Dios eterno, principio de toda existencia, era reverenciado con el nombre de Knef; los habitantes de la Tebaida, según cuenta Plutarco no conocieron primero más que a este dios y no admitieron ninguna Divinidad mortal; más tarde, la ley general alcanzó también a esta religión y, como todas las demás, cayó en el fetichismo. De la boca de Knef salía el huevo del mundo, porque Dios había creado el universo mediante su palabra, y de ese huevo primigenio nacía el tercer principio divino, el fuego adorado con el nombre de Ptah. Knef y Ptah eran la misma Divinidad adorada en su triple esencia bajo tres atributos.

En su tratado de los misterios de Egipto, Iamblichus explica esta tríada sagrada. El primer principio, guardián de la sabiduría y de la verdad, se llamaba Amón cuando se revelaba mediante la luz, y Ptah cuando terminaba la creación mediante el fuego. Este pasaje es el comentario de la doctrina de Hermes Trismegisto; agreguemos que a Knef, como espíritu infundido en la naturaleza, se lo pintaba de color azul, y como salvador de los hombres aparecía en la forma de la serpiente Cnufis, que tenía un templo en la isla de Elefantina.

Las antiguas creencias de Persia se identifican con el dogma indio, egipcio y hebreo; según Zoroastro, el tiempo sin límites, primer principio, crea la luz y el fuego inmaterial.

La palabra, o segundo principio, es el alma de Ormuz; él la pronunció y fueron creados todos los seres puros pasados, presentes y futuros; esa palabra es Yo soy.

El fuego es el principio de unión entre Ormuz y el Ser absorto en la excelencia, es la vida del alma; en la forma del viento es el aliento de Ormuz. ¿Qué dogma era ése? El autor del Vendidad Sadé responde que tiene la discreción de no explicarlo.

La teogonia de Sankoniatón parece calcada de los dogmas que acabamos de exponer: el deseo o el amor es el Dios creador del universo; brillante de luz, se une a las tinieblas; a su voz se inflama el aire, brilla el relámpago, estalla el rayo y despiertan del sueño de la muerte los animales y se agitan sobre la tierra, en el aire y en las aguas.

Según Evandro, sobre una columna egipcia había grabada esta inscripción: «A la Noche y al Día y al padre de todo cuanto es y será, al Amor». El que aquella columna la hubiesen levantado los egipcios o los griegos poco importa, pues otros monumentos prueban que la doctrina de estos dos pueblos era la misma en su principio, aunque diferente en su forma; Orfeo parece haber copiado a Sankoniatón, quien a su vez parece haber escrito siguiendo los libros de Thot o Hermes, según refiere Filón de Biblos.

La fábula de Cupido era una leyenda sagrada materializada por el pueblo griego, pero que conservó largo tiempo su significado primigenio en los santuarios.

Dice Aristófanes que la Noche de negras alas parió un huevo del que nació el Amor. Antífanes refería en su teogonia que del caos y la noche emanó Cupido, padre de la luz y de los dioses. Idéntica doctrina reproduce Apuleyo en su novela simbólica del Asno de Oro; las aventuras de Psiqué revelan los grados de la regeneración del alma, el amor divino que la inflama, las tentaciones que rechaza, las pruebas que sufre antes de gustar la bebida de la inmortalidad.

El Cupido de la India, Kamadeva, dios del deseo, confirma esta interpretación; uno de sus epítetos es Atmabu, existencia del alma; su madre es Maya, la fuerza general atractiva, y sus atributos son un pescado sobre fondo rojo. El pescado es el símbolo de las aguas primigenias o del caos; el color rojo es símbolo del amor divino que rige la creación del alma, lo mismo que Eros o el Cupido celestial era, según Platón y Cicerón, hijo de Júpiter y Venus, es decir, de la iniciación, como estableceremos más adelante.

El color rojo designaba entre los griegos, como en la India y Egipto, el amor santificante y regenerador; los colores atribuidos a Pan, el universo, Dios, verifican el dogma de la tríada divina: su cuerpo era blanco como la nieve, tenía cuernos dorados, emblemas de la potencia de la revelación; en ese aspecto lo confundían con el sol y la luz, símbolo de la manifestación divina; su cabeza de cabra era roja, y en llamas estaba su rostro; dice Orfeo: «Llamo a Pan el gran todo y el fuego eterno».