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id da página: 2413 Maurice Nicoll A FLECHA NO ALVO Maurice Nicoll

Nicoll Epistrepho

¿Cuál es la naturaleza de esta faz nuestra, de este aspecto que en verdad somos nosotros mismos? ¿Cuál es la naturaleza de esto que todos hemos perdido? ¿Podemos definirlo o esclarecerlo en nuestro entendimiento? Este uno, a guisa de hijo pródigo, se va a una provincia apartada. Malgasta su hacienda perdidamente y luego sobreviene un hambre grande en toda esa provincia. Comienza a sufrir necesidades, pero nadie le ayuda, nadie le da nada. Justo en ese instante vuelve en sí, recuerda: '¡Cuántos Jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan y yo aquí perezco de hambre P Esto es lo que exclama. ¿Qué hambre es esta, y qué esta necesidad? Y ¿qué es esta 'grande hambre?' Y ¿qué es este pan? Ha menester elevar la parábola totalmente, sacarla de su marco físico. No habla de un hambre física, ni de una necesidad física, ni de pan físico. Tampoco se refiere al dinero la frase: 'como desperdició su hacienda viviendo perdidamente.' Estaba muerto, pero volvió en sí y de este modo revivió o vivió de nuevo. Por el hecho de recordar le llegó una nueva verdad. En realidad, no pertenecía al lugar donde estaba, a esa apartada provincia a la que había viajado, donde nadie le daba nada y todo lo que podía comer era el alimento de los puercos. La vida había perdido todo sentido,, y cualquier significado que le pareciera, era como las algarrobas de los puercos: cáscaras vacías y desperdicios. Pues nada hay en la vida externa para que no pueda quedar totalmente vacía de sentido real. Y esta no es una verdad moral, sino que un hecho crudo, por amargo e incómodo que sea el afrontarlo. Como también es un hecho que corresponde al orden natural de las cosas el que todos busquen la propia plenitud y el logro de todos sus anhelos en la vida del mundo. Aun cuando se desilusionen, cada cual pensará que el suyo es un caso excepcional, o que con el tiempo hallará lo que busca; o bien, pensará que si las circunstancias fuesen distintas, o si la vida fuese diferente, todo sería como él lo desea. Pero la vida no puede ser sencillamente distinta. En su esencia, la vida siempre es la misma. Y el hombre siempre está preso en la cárcel de sí mismo. En la cárcel de sus celos, sus odios. No puede huir de lo que siente de sí mismo, sean cuales fueren las circunstancias y cambien lo que cambiaren. El hombre no sufre a causa de la vida, sino debido a sí mismo, a causa de lo que es o no es. Y mientras considere que todo lo que necesita o desee está fuera de si, en tanto trate de conseguirlo de esa manera, desperdicia significados y con el tiempo llegará a sentir esa grande hambre de espíritu, por muchas que sean las riquezas que haya acumulado. Mientras considere que él es todo eso, pecará. O sea que errará por completo en su idea de lo que el hombre ha de hacer o ser: errará el blanco.

No hay peor enfermedad que la falta de significado. Pero la vida puede convertirse en algo carente de todo sentido de dos modos distintos. Puede convertirse en algo sin el menor interés, de suerte que todo cuanto hace o ha hecho le parezca inútil, sin propósito, y que la propia existencia tampoco tiene sentido, que no significa nada. Mas hay también aquella otra experiencia, una muy diferente, en la que un significado mayor hace que todo significado corriente pierda su valor. En esta experiencia, que suele ocurrir a muchas personas, el hombre queda recogido, fuera de todo el sentido de la vida exterior. Y esta experiencia llega cuando el hombre siente que es distinto de todo cuanto ve, palpa y oye. Advierte que existe en sí mismo. Se distingue, se diferencia de todo lo que le rodea porque se da cuenta de que su verdadera existencia no está mezclada en la vida. Echa de ver que es él, que es sí mismo, y no lo que hasta entonces había creído ser. Deja de sentirse a sí mismo por medio de las comparaciones con los demás y de estimarse mejor o peor. Percibe que está solo, que es uno, totalmente desconocido para los otros y del todo invisible. Ve que es él, el sí mismo de si, y que los demás no pueden verle sino el cuerpo. Sabe que si pudiera conservar este estado, esta repentina conciencia de sí mismo, la vida jamás podría herirle y nada le parecería injusto; jamás sentiría celos, ni envidia, ni odio. Son estos los instantes en que el hombre vuelve en sí.

Pasa el momento y vuelve a hallarse en un estado corriente, be desvanece el significado intenso e interno de sí mismo, de sí como una creación separada, como un individuo, enteramente único y distinto a todo lo demás. Se encuentra otra vez bajo el dominio de los sentidos, sumido en la vida externa y en sus significados y en las cosas y finalidades y realidades que le ofrecen los sentidos. Empieza nuevamente a pensar desde los sentidos, y con la lógica de los sentidos, y a gratificar los apetitos que lo exterior satisface. Ha desaparecido el significado interno de sí. Pasa la realización de lo que es lo más real, lo más significativo, y lo reemplaza otra 'realidad', otra serie de significados que ahora ve fuera de sí. Ya no está diferenciado de sus sentidos ni de las imágenes que le presentan en la vida. Se olvida de sí y vuelve a estar perdido o muerto. Pero, si recuerda algo, sabrá que el estado de conciencia experimentado es el gran secreto de su vida y que si pudiera hallarlo otra vez, y conservarlo, nada más tendría importancia.

En su más acabado sentido, tal es la metanoia. Constituye un nuevo estado del ser consciente que se toca súbitamente y que súbitamente también desaparece. En él, el hombre se encuentra a sí mismo. Halla lo que había perdido. Encuentra el YO. Esta es la primera verdad, mejor dicho, el primer conocimiento (gnosisepisteme) de la verdad. Es el momento en que está vivo, y el punto de partida de su evolución interior. Todo cuanto el hombre intenta o hace en un estado de conciencia corriente, está necesariamente mal hecho, pues parte de lo que no es cierto, de lo que no es la verdad de sí mismo. De modo que Jesús repite: 'Si no os arrepintiereis... (a menos que logréis la metanoia) .. .no podréis conocer el reino de los Cielos.' Y en la parábola del hijo pródigo se presenta esta revulsión de la mente en forma dramática porque es, en su totalidad, una parábola íntima en su significación. En el hombre, aquello que es uno se retira, se aísla del poder de los sentidos, de las concepciones sensuales, y vuelve en sí y recuerda. Se encuentra lo perdido. El hombre despierta del sueño de los sentidos, de la muerte, y revive.