Skip to main content
id da página: 2413 Maurice Nicoll A FLECHA NO ALVO Maurice Nicoll

Nicoll Epistrepho

A metanoia e a epistrepho do Filho Pródigo

En esta parábola, que se toma a menudo al pie de la letra y da lugar a tantos comentarios sobre la injusticia del padre, aparece la misma idea que hemos comentado al tratar de las dos que la preceden. Se encuentra a uno que estaba perdido. Sólo que en este caso se le llama el menor de los hijos. En una parábola es una oveja entre den; en la otra, un dracma entre diez, y en ésta es uno de dos hermanos. Y aún cuando en esta última no se haga ninguna referencia explícita al "arrepentimiento", como en las dos anteriores, no cabe duda de que toda la parábola representa el trabajo que ocurre en un hombre, y que este trabajo tiene que ver con el encuentro de ese uno, como se expresa tan claramente en las parábolas anteriores. Además, en ésta se vincula la idea del hallazgo con otra idea: la diferencia entre estar vivo y estar muerto: "... porque este tu hermano muerto era y ha revivido, habíase perdido y es hallado." Es sumamente obvio que estar vivo o muerto no tiene en este relato un sentido físico y que se refiere únicamente al estado interior del hombre. Es decir, el estado en que lo uno perdido representa algo que todavía no pasa por la metanoia. A esta condición se la compara con estar muerto. Es menester tomar nota de que cuando se ha producido este cambio, se dice que la persona no solamente está viva, sino que ha revivido, o que vive de nuevo (άνεξησε). ¿Por qué de nuevo? Y ¿por qué el tema es el hijo menor? ¿Por qué, según lo hemos visto en otras citas, es necesario que el hombre se vuelva pequeño como un niño? ¿Hacia qué aspecto de sí mismo ha de volverse? ¿Qué es este 'algo' perdido en él, este uno en pos de lo cual se deja todo lo demás?

Lo evidente es que si hay 'algo' que se ha perdido en el hombre, tiene que ser 'algo' que hubo en alguna forma, cuando no estaba perdido. Y si el hombre puede vivir, quiere decir que alguna vez estuvo vivo.
En todos nosotros hay algo eternamente joven y capaz de entender lo que existe por encima del mundo visible, más allá de la realidad fenoménica. Por esto, lo eternamente joven, lo perdemos en el mundo de los objetos y de las exterioridades de los sentidos. Al emplear la lógica sensual se malgasta en especulaciones inútiles y que no significan nada; pues es algo capaz de entender una lógica superior y un mundo nuevo, totalmente distinto a este obscuro mundo de los sentidos y de lógica temporal hacia el cual cae y en el que se pierde. Esto es todo lo mágico que sentimos en la niñez y que luego se pierde o se destruye en la vida. Permanece en nosotros como un recuerdo que percibimos vagamente a veces, cuando en un momento fugaz sabemos que lo tuvimos, pero que salió de nuestra vida.

Esto es ese uno en nosotros que ha de volver a encontrarse a sí mismo porque se ha perdido. Acerca de ese uno tratan todas estas parábolas. Su verdadero destino es rescatarlo de la vida, librarlo del poder de las exterioridades y de los sucesos externos. Así revive el hombre. Pues en la condición en que estamos actualmente, condición en que este uno anda perdido, todos vivimos erradamente, por muy grandes que sean nuestros deseos de obrar bien, y sean cuales fueren nuestros hechos. Este uno ha perdido su verdadero contacto, y en tanto se encuentre el hombre en semejante condición, no habrá logrado un estado elevado de sí y desde el cual pueda empezar su evolución. No se ha "arrepentido", o sea que no ha pasado por la metanoia. Y así parece. Y en tanto este uno -siga perdido en él, todo lo que haga estará mal hecho. Pues cuando el hombre se halla dominado por la vida exterior e influye en él únicamente lo que le llega de fuera y apoya todos sus argumentos en lo que ve, será sólo una máquina gobernada por los sentidos, interiormente estará al revés. Le domina la vida externa y no tiene vida en sí mismo. Aquella faz o aspecto que realmente es él, y desde el cual puede empezar a tener una existencia individual y un crecimiento, está perdido. No se encuentra en su verdadero lugar. Y todo esto es pecado. Dicho de otro modo, esa condición es aquella en la que todos han errado el blanco, no han dado con la verdadera idea de la propia existencia. Muy a menudo ocurre que las gentes sienten esto por sí mismas; saben que el sentir excesivamente las cosas, o angustiarse en demasía por ellas, estar siempre trastornados, preocupados y a merced de la vida, es algo que está mal. No podrán definirlo, pero lo sienten. Esto nada tiene que ver con la moralidad ni el mal moral. Saben que no deben permitir que el mundo ejerza semejante poder sobre ellas y que, al permitirlo, se hacen culpables de algún crimen que sienten de una manera instintiva, pero que no pueden entender. Y no echan de ver que a través de todo el contenido de los Evangelios se habla precisamente de este mal estado del hombre, y que en vista de ello nada puede tener importancia. A menos que el hombre se dé cuenta de este malestar, y a menos que comience a buscar aquella parte de sí que yace perdida en el tumulto de las exterioridades, de todo cuanto no le importa y que tampoco le pertenece; a menos que se recoja en sí mismo y empiece a cambiar su relación con la vida, habrá fallado en su verdadero propósito y no habrá entendido el secreto de su existencia. La mayoría de las personas creen que los Evangelios tratan de la vida exterior y de una relación moral hacia ella. No advierten que tratan acerca del hombre mismo y de su posible renacimiento. No hay frase, casi, que no se refiera al estado interior del hombre, a su mal estado y a la necesidad de cambiarlo. No se refieren ni a la vida exterior ni a la moral exterior, sino al hombre en sí y la condición de si en la vida. No hablan de que el hombre ha de ser solamente bueno y moral, sino de que cambie, de que sea un hombre distinto. Tal es todo el mensaje del Evangelio; que el hombre puede y debe cambiar en sí mismo, ser una persona diferente, por 'buena' o 'mala' que sea en la vida ordinaria. Y el primer paso que hay que dar en este cambio es la metanoia.