Excertos de "Teologia Mística da Igreja do Oriente"
Los padres griegos afirmaron siempre que el principio de unidad en la Trinidad era la persona del Padre. Principio de las otras dos personas, el Padre es también por ello mismo el término de las relaciones de donde reciben las hipóstasis sus caracteres distintivos: haciendo proceder las personas, establece sus relaciones de origen — generación y procesión — con respecto al principio único de divinidad. Por eso el Oriente se opuso a la fórmula Filioque que parecía invalidar la monarquía del Padre: o bien había que romper la unidad reconociendo dos principios de divinidad, o bien había que fundar la unidad sobre todo en la naturaleza común que pasaba así al primer plano transformando las personas en relaciones en la unidad de la esencia. Para los occidentales, las relaciones diversifican la unidad primordial; para los orientales significan al mismo tiempo la diversidad y la unidad porque se refieren al Padre, que es tanto el principio como la recapitulación (synkephalaiosis) de la Trinidad. En este sentido entiende san Atanasio la sentencia de san Dionisio de Alejandría: «extendemos la unidad en la Trinidad sin dividirla y, a continuación, recapitulamos la Trinidad en la unidad sin aminorarla». Y en otra parte declara: «Hay un solo principio de la divinidad y por consiguiente hay monarquía de la manera más absoluta». «Un solo Dios, porque hay un solo Padre», según el adagio de los padres griegos. Las personas y la naturaleza son establecidas, por decirlo así, al mismo tiempo, sin que la una preceda lógicamente a las otras. El Padre — pegaia theotes — fuente de toda divinidad en la Trinidad, produce al Hijo y al Espíritu Santo confiriéndoles su naturaleza que sigue siendo una e indivisa, idéntica a sí misma en los Tres. Confesar la unidad de la naturaleza es, para los padres griegos, reconocer al Padre como fuente única de las personas que reciben de Él esa misma naturaleza. «Según mi juicio — dice san Gregorio Nacianceno —, se salvaguarda un solo Dios vinculando al Hijo y al Espíritu con un solo principio, sin componerlos ni confundirlos, y afirmando la identidad de substancia y lo que llamaré el único y mismo movimiento y querer de la divinidad». «Para nosotros hay un solo Dios, porque hay una sola divinidad y aquellos que proceden se vinculan al uno del que proceden, aunque son tres según la fe... Así pues, cuando apuntamos a la divinidad, la causa primera, la monarquía, el uno nos aparece; y cuando apuntamos a aquellos en los que está la divinidad y aquellos que proceden del Principio primero en igual eternidad y gloria, adoramos a los tres». San Gregorio Nacianceno acerca tanto aquí la divinidad y la persona del Padre, que se podría creer que los confunde. Precisa su pensamiento en otra parte al decir: «la naturaleza una en los Tres, es Dios; en cuanto a la unidad (henosis) es el Padre, de quien los demás proceden y al cual se vinculan sin confundirse, pero coexistiendo con él, sin estar separados por el tiempo, por la voluntad o por la potencia». San Juan Damasceno expresa el mismo pensamiento con la precisión doctrinal que le es característica: «El Padre tiene el ser por sí mismo y nada de lo que tiene proviene de otro. Al contrario, él es para todos la fuente y el principio de su naturaleza y su manera de ser... Luego todo lo que tienen el Hijo y el Espíritu y aun su propio ser, proviene del Padre. Si el Padre no fuera, ni el Hijo sería, ni el Espíritu tampoco. Si el Padre no tuviera algo, no lo tendría el Hijo, ni el Espíritu. Gracias al Padre tienen el Hijo y el Espíritu todo cuanto tienen, es decir, porque el Padre tiene todo eso... Cuando consideramos en Dios la causa primera, la monarquía... vemos la unidad. Pero cuando consideramos a aquellos en los que la divinidad está o, más bien, que son la divinidad misma, las personas que proceden de la causa primera, ... es decir las hipóstasis del Hijo y del Espíritu, entonces adoramos a los Tres».
Es el Padre quien distingue las hipóstasis «en un movimiento eterno de amor» (akronos kai agapetikos), en palabras de san Máximo. Confiere su naturaleza una igualmente al Hijo y al Espíritu Santo, en los cuales permanece una e indivisa, no compartida, sino conferida diferentemente, pues la procesión del Espíritu Santo del Padre no es idéntica a la generación del Hijo por el mismo Padre. Manifestado por el Hijo y con el Hijo, el Espíritu Santo subsiste, en cuanto persona divina, procediendo del Padre, como lo dice claramente san Basilio: «del Padre procede el Hijo, por el cual son todas las cosas y con quien el Espíritu Santo es siempre inseparablemente conocido, puesto que no se puede pensar en el Hijo sin estar iluminado por el Espíritu. Así, por una parte, el Espíritu Santo, fuente de todos los bienes distribuidos a las criaturas, está unido al Hijo con el cual es concebido inseparablemente; por otra, su ser está suspendido al Padre, de donde procede. Por consiguiente, la noción característica de su propiedad personal es ser manifestado después del Hijo y con él, y el subsistir procediendo del Padre. En cuanto al Hijo, que manifiesta por sí mismo y consigo mismo el Espíritu que procede del Padre, sólo él irradia de la luz innacible como Hijo único; ésa es su noción propia que le distingue del Padre y del Espíritu Santo y que lo significa personalmente. En cuanto al Dios, supremo, la noción eminente de su hipóstasis es que sólo Él es Padre y que no procede de ningún principio; está personalmente significado por esta característica». San Juan Damasceno se expresa con no menos precisión distinguiendo las personas de la Santísima Trinidad sin someterlas a la categoría de la relación: «Es menester que se sepa — dice — que no hacemos proceder al Padre de nadie, pero lo llamamos el Padre del Hijo; en cuanto al Hijo, no lo llamamos ni Causa (aition) ni Padre, sino que decimos que proviene del Padre y que es el Hijo del Padre; decimos también que el Espíritu Santo procede del Padre y lo llamamos el Espíritu del Padre, no decimos que procede del Hijo, sino que es el Espíritu del Hijo».
El Verbo y el Espíritu, dos rayos de un mismo sol o, «más bien dos soles nuevos», son inseparables en su acción manifestadora del Padre y, sin embargo, son inefablemente distintos, como dos personas que proceden del mismo Padre. Si, conforme a la fórmula latina, se quisiera introducir aquí una nueva relación de origen, haciendo proceder al Espíritu Santo del Padre y del Hijo, la monarquía del Padre — esa relación personal que crea la unidad al mismo tiempo que la Trinidad — , cedería el lugar a otro concepto, el de la substancia una, donde las relaciones intervendrían para fundar la distinción de las personas, y donde la hipóstasis del Espíritu Santo no sería más que un vínculo recíproco entre el Padre y el Hijo. Si se ha notado el diferente acento de las dos doctrinas trinitarias, se comprenderá por qué los orientales defendieron siempre el carácter inefable, apofático, de la procesión del Espíritu Santo del Padre, fuente única de las personas, contra una doctrina más racional que, al hacer del Padre y del Hijo un principio común del Espíritu Santo, ponía lo común por encima de lo personal, doctrina que tendía a debilitar las hipóstasis confundiendo las personas del Padre y del Hijo en el acto natural de la espiración, y haciendo de la persona del Espíritu Santo un vínculo entre ambos.