Si consideramos la superposición de los planos horizontales representativos de todos los estados de ser, podemos decir todavía que, en relación a éstos, considerados separadamente o en su conjunto, el eje vertical, que los liga a todos entre ellos y al centro del ser total, simboliza lo que diversas tradiciones llaman el "Rayo Celeste" o el "Rayo Divino": es el principio que la doctrina hindú designa bajo los nombres de buddhi y de Mahat1 , "que constituye el elemento superior no encarnado del hombre, y que le sirve de guía a través de las fases de la evolución universal"2 . El ciclo universal, representado por el conjunto de nuestra figura, y "del que la humanidad ( en el sentido individual y "específico" ) no constituye más que una fase, tiene un movimiento propio3 , independiente de nuestra humanidad, de todas las humanidades, y de todos los planos ( que representan todos los grados de la Existencia ), la suma indefinida de los cuales la forma él ( que es el "Hombre Universal" )4 . Este movimiento propio, que tiene debido a la afinidad esencial del "Rayo Celeste" hacia su Origen, le encamina invenciblemente hacia su Fin ( la Perfección ), que es idéntico a su Comienzo, con una fuerza directriz ascensorial y divinamente benefactora ( es decir, armónica )"5 , que no es otra que esa "fuerza atractiva de la Divinidad" de que se ha tratado en el capítulo precedente.
Aquello sobre lo que nos es menester insistir, es que el "movimiento" del ciclo universal es necesariamente independiente de una voluntad individual cualquiera, particular o colectiva, la cual no puede actuar más que en el interior de su dominio especial, y sin salir jamás de las condiciones determinadas de existencia a las que ese dominio está sometido. "El hombre, en tanto que hombre ( individual ), no podría disponer ni más ni menos que de su destino hominal, cuya marcha individual, en efecto, es libre de detener. Pero este ser contingente, dotado de virtudes y de posibilidades contingentes, no podría moverse, o detenerse, o influenciarse a sí mismo fuera del plano contingente especial donde, por ahora, está situado y ejerce sus facultades. Es irracional suponer que pueda modificar, o a fortiori detener, la marcha eterna del ciclo universal"6 . Por lo demás, la extensión indefinida de las posibilidades del individuo, considerado en su integralidad, no cambia en nada esto, puesto que no podría sustraerle naturalmente a todo el conjunto de las condiciones limitativas que caracterizan el estado de ser al que pertenece en tanto que individuo7 .
El "Rayo Celeste" atraviesa todos los estados de ser, marcando, así como ya lo hemos dicho, el punto central de cada uno de ellos con su huella sobre el plano horizontal correspondiente, y el lugar de todos estos puntos centrales es el "Invariable Medio"; pero esta acción del "Rayo Celeste" no es efectiva más que si produce, por su reflexión sobre uno de estos planos, una vibración que, propagándose y amplificándose en la totalidad del ser, ilumina su caos, cósmico o humano. Decimos cósmico o humano, ya que esto puede aplicarse tanto al "macrocosmo" como al "microcosmo"; en todos los casos, el conjunto de las posibilidades del ser no constituye propiamente más que un caos "informe y vacío"8 , en el que todo es oscuridad hasta el momento en que se produce esta iluminación que determina su organización armónica en el paso de la potencia al acto9 . Esta misma iluminación corresponde estrictamente a la conversión de los tres gunas el uno en el otro que hemos descrito más atrás según un texto del Vêda: si consideramos las dos fases de esta conversión, el resultado de la primera, efectuada a partir de los estados inferiores del ser, se opera en el plano mismo de reflexión, mientras que la segunda imprime a la vibración reflejada una dirección ascensional, que la trasmite a través de toda la jerarquía de los estados superiores del ser. El plano de reflexión, cuyo centro, punto de incidencia del "Rayo Celeste", es el punto de partida de esta vibración indefinida, será entonces el plano central en el conjunto de los estados de ser, es decir, el plano horizontal de coordenadas en nuestra representación geométrica, y su centro será efectivamente el centro del ser total. Este plano central, donde se trazan los brazos horizontales de la cruz de tres dimensiones, desempeña, en relación al "Rayo Celeste" que es su brazo vertical, un papel análogo al de la "perfección pasiva" en relación a la "perfección activa", o al de la "substancia" en relación a la "esencia", al de Prakriti en relación a Purusha: es siempre, simbólicamente, la "Tierra" en relación al "Cielo", y es también lo que todas las tradiciones cosmogónicas están de acuerdo en representar como la "superficie de las Aguas"10 . También se puede decir que es el plano de separación de las "Aguas inferiores" y de las "Aguas superiores"11 , es decir, de los dos caos, formal e informal, individual y extraindividual, de todos los estados, tanto no manifestados como manifestados, cuyo conjunto constituye la Posibilidad total del "Hombre Universal".
Por la operación del "Espíritu Universal" ( atman ), que proyecta el "Rayo Celeste" que se refleja sobre el espejo de las "Aguas", se encierra en el seno de éstas una chispa divina, germen espiritual increado, que, en el Universo potencial ( Brahmanda o "Huevo del Mundo" ), es esta determinación del "No-Supremo" Brahma ( Apara-Brahma ) que la tradición hindú designa como Hiranhagarbha ( es decir, el "Embrión de Oro" )12 . En cada ser considerado en particular, esta chispa de la Luz Inteligible constituye, si se puede hablar así, una unidad fragmentaria ( expresión por lo demás inexacta si se tomara al pie de la letra, puesto que la unidad es en realidad indivisible y sin partes ) que, al desarrollarse para identificarse en acto a la Unidad total, a la que es en efecto idéntica en potencia ( ya que contiene en sí misma la esencia indivisible de la luz, como la naturaleza del fuego está contenida entera en cada chispa )13 , se irradiará en todos los sentidos a partir del centro, y realizará en su expansión el perfecto florecimiento de todas las posibilidades del ser. Este principio de esencia divina involucionado en los seres ( en apariencia solo, ya que no podría ser afectado realmente por las contingencias, y ya que ese estado de "envolvimiento" no existe más que desde el punto de vista de la manifestación ), es también, en el simbolismo Vêdico, Agni14 , manifestándose en el centro del swastika, que es, como lo hemos visto, la cruz trazada en el plano horizontal, y que, por su rotación alrededor de este centro, genera el ciclo evolutivo que constituye cada uno de los elementos del ciclo universal. El centro, que es el único punto que permanece inmóvil en este movimiento de rotación, es, en razón misma de su inmovilidad ( imagen de la inmutabilidad principial ), el motor de la "rueda de la existencia"; encierra en sí mismo la "ley" ( en el sentido del término sánscrito Dharma )15 , es decir, la expresión o la manifestación de la "Voluntad del Cielo", para el ciclo que corresponde al plano horizontal en el que se efectúa esta rotación, y, según lo que hemos dicho, su influencia se mide, o al menos se mediría si tuviéramos la facultad para ello, por el paso de la hélice evolutiva en el eje vertical16 .
La realización de las posibilidades del ser se efectúa así por una actividad que es siempre interior, puesto que se ejerce a partir del centro de cada plano; y, por lo demás, metafísicamente, no podría haber ninguna acción exterior ejerciéndose sobre el ser total, ya que una tal acción no es posible más que desde un punto de vista relativo y especializado, como lo es el del individuo17 . Esta realización misma se figura en los diferentes simbolismos por el florecimiento, en la superficie de las "Aguas", de una flor que, lo más habitualmente, es el loto en las tradiciones orientales y la rosa o el lis en las tradiciones occidentales18 ; pero no tenemos la intención de entrar aquí en el detalle de esas diversas figuraciones, que puedan variar y modificarse en una cierta medida, en razón de las adaptaciones múltiples a las que se prestan, pero que, en el fondo, proceden por todas partes y siempre del mismo principio, con algunas consideraciones secundarias que se basan sobre todo en los números19 . En todo caso, el florecimiento del que se trata podrá considerarse primero en el plano central, es decir, en el plano horizontal de reflexión del "Rayo Celeste", como integración del estado de ser correspondiente; pero se extenderá también fuera de este plano, a la totalidad de los estados, según el desarrollo indefinido, en todas las direcciones a partir del punto central, del vórtice esférico universal del que hemos hablado precedentemente20 .
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