Excertos de "FILÓN DE ALEJANDRÍA Y LA GÉNESIS DE LA CULTURA OCCIDENTAL"
Dualidade do Homem
INTELECTO Y SENSIBILIDAD (NOUS — AISTHESIS).
Intelecto y sensibilidad son, respectivamente, la parte superior del alma y del cuerpo; pero pueden designar también globalmente las dos esferas contrapuestas. Exegéticamente, son Adán y Eva creados al inicio por Dios. En la relación de ambos se juega el sentido de lo humano.
MATRIMONIO Y SEPARACIÓN
Los dos niveles correlativos del compuesto humano se necesitan mutuamente. El intelecto necesita de la sensibilidad para conocer las cosas materiales, que es inicio de toda vida cognoscitiva. Esta tesis aristotélica se expone frecuentemente en Filón. Por otra parte, el intelecto es capaz de conocer lo inteligible por sí mismo, una vez remontado más allá de lo sensible. La sensibilidad, a su vez, necesita del intelecto para actuar, dependiendo de él como de la fuente o del sol. Pero mientras la sensibilidad está atada a los "objetos" y al "presente", el intelecto trasciende el tiempo, recorre el pasado y el futuro, asciende hacia las "ideas". El hombre terrestre ha sido creado mediante el matrimonio de estos dos principios, uno masculino (el intelecto es activo) y otro femenino (la sensibilidad es receptiva). El bien del hombre reposa en la armonía de este matrimonio creado por Dios: "sumo es el beneficio que obtiene la sensibilidad que se ha vuelto hacia su esposo legítimo, es decir, hacia su intelecto" (Leg III 221). De estos y otros pasajes emerge la idea del hombre como reposo metafísico de la forma en la material, de la materia en la forma. La imagen bíblica del matrimonio introduce un nuevo elemento del problema: la unión "legítima" de intelecto y sensibilidad debe lograrse a través de un camino donde la voluntad no está ausente.
Muchas otras afirmaciones de Filón, sin embargo, se apresuran a romper el idilio matrimonial, al expresarse que la sensibilidad es la causa de la ruina para el intelecto, así como el cuerpo es la puerta del mal para el alma; así como Eva es vehículo del pecado de Adán. La sensibilidad, siendo fuego, incendia el intelecto (Migr 100); siendo agua, lo inunda haciéndolo perecer (Mut 107); siendo la mujer, lo seduce hacia el mal (Somn I 246); el cuerpo es la puerta de las supercherías sofísticas (Ebr 71). La sensibilidad, en general, es la causa de ruina del hombre, de su parte mejor (Leg III 200); por ello hace mal el intelecto (Adán) en llamar "vida" a la sensibilidad (Eva), cuando es "su propia muerte" (Her 52). Como un sol deslumbrante, la sensibilidad impide ver los astros verdaderamente inteligibles (Somn I 84); la atracción de los objetos propios de la sensibilidad desvían al intelecto de su itinerario celestial, dejándolo sin abrigo y expuesto a los peligros (Fug 189). Como en el relato bíblico, el placer (la serpiente) no ataca directamente al intelecto (Adán), sino que por medio de la sensibilidad (Eva) "engaña al soberano intelecto" (Opif 165). Éste debe liberarse progresivamente de aquélla, para lograr su natural objetivo. Así como Noé salió del arca, símbolo de la envoltura sensible, el hombre "saldrá fuera y usará su intelecto, libre ya del cuerpo, para la aprehensión de la verdad" (Conf 105). "Porque, seguramente, no imagináis que vuestro intelecto libre de la vestidura corpórea, de la sensibilidad y del habla, pueda, separado de éstas, ver desnudas las cosas existentes" (Migr 192).
Entonces, la perfección humana consistiría en el abandono progresivo de la dimensión sensible, dejando la unión matrimonial entre sensibilidad e intelecto como etapa momentánea: la sensibilidad le ofrecería, aparentemente, los objetos materiales al intelecto para que éste inicie su vuelo y supere la misma materialidad. La antropología parece resolverse, según estos pasajes, en un divorcio, o mejor, en una separación de naturalezas: la sensibilidad permanece en su nivel, la materia, mientras el intelecto asciende al suyo: la idea (cf. Her 274). Como el fuego, el aire, o el éter, el intelecto se separaría por propia fuerza esencial de la pesada materialidad, buscando los congéneres espacios ideales.