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id da página: 9729 Balzac Vision

Balzac Vision

Las lágrimas del serafín se elevaron a su alrededor en forma de vapor que les ocultó los mundos inferiores, los envolvió y trasladó, comunicándoles al mismo tiempo el olvido de las significaciones terrestres y prestándoles la potencia de comprender el sentido de las cosas divinas.

Apareció la verdadera luz, iluminó las creaciones, que les parecieron áridas cuando contemplaron la fuente de los mundos terrestres, espirituales y divinos, en donde ellos toman el movimiento.

Cada mundo tenía un centro al que tendían todos los puntos de la esfera. Estos mundos eran a su vez puntos que tendían al centro de su especie. Y cada especie poseía, igualmente, su centro dirigido hacia las grandes regiones celestes que comunicaban con el intangible y flameante motor de cuanto existe.

De esta forma, desde el mayor al más minúsculo de los mundos, y desde el más insignificante de los mundos hasta la más pequeña porción de los seres que lo componen, todo era individual y, sin embargo, todo era uno.

¿Cuál era el designio de este ser fijo en su esencia y en sus facultades, que las transmitía sin perderlas, que las manifestaba fuera de sí sin separarlas de él, que mostraba fuera de él todas estas creaciones fijas en su esencia y mudables en sus formas? Los dos convidados a esta fiesta no podían más que ver el orden y disposición de los seres, y admirar el fin inmediato. Los ángeles solamente iban más allá, conocían los medios y comprendían el fin.

Pero lo que los dos elegidos pudieron contemplar, les dio testimonio y aclaró sus almas para siempre, fue la prueba de la acción de los mundos y de los seres, la conciencia del esfuerzo con el que tendían al resultado.

Escucharon las diversas partes del infinito, formando una melodía viva, y en cada momento en que un acorde se hacía oír como una inmensa respiración, los mundos afectados por movimiento unánime se inclinaban hacia el ser inmenso que, desde su centro impenetrable, hacía que todo brotase y todo lo atraía hacia sí.

Esta incesante alternativa de voz y silencio parecía ser la medida del himno santo que retumbaba y se prolongaba por los siglos de los siglos.

Wilfrid y Minna comprendieron entonces algunos de los misterios de las palabras de Aquel que sobre la Tierra se había aparecido a cada uno de ellos bajo la forma que se hacía comprehensible, para uno como Serafit o para la otra como Serafita, cuando vieron que allí todo era homogéneo.

La luz originaba una melodía, la melodía producía luz, los colores eran luz y melodía, el movimiento era un número dotado de palabra; en fin, todo era al mismo tiempo sonoro, diáfano, móvil, de suerte que cada cosa se penetraba en las demás, la extensión no tenía obstáculos y podía ser recorrida por los ángeles en la profundidad del infinito.

Reconocieron la puerilidad de las ciencias humanas, de las que habían oído hablar.

Aquello fue para ellos una vista sin horizontes, un abismo en el cual un devorador deseo les forzaba a lanzarse, pero, unidos a un cuerpo miserable, tenían el deseo sin tener el poder.

El serafín replegó ligeramente sus alas para reemprender el vuelo y no se volvió hacia ellos; nada tenía de común con la tierra.

Se lanzó al espacio, la inmensa envergadura de su resplandeciente plumaje cubrió a los dos videntes como una sombra bienhechora que les permitía elevar los ojos y verlo marchar en su gloria, acompañado del alegre arcángel.

Se elevó como un sol radiante que surge del seno de las olas; pero más majestuoso que el astro y prometido para los más hermosos destinos, no debía verse encadenado como las creaciones inferiores en una vida cíclica; siguió la línea del infinito y tendió sin desviación hacia el centro único para sumergirse en la vida eterna, para recibir en sus facultades y en su esencia el poder de gozar por el amor, y el don de comprender por la sabiduría.