FRAGMENTOS DE VISÃO
El espíritu llama a la PUERTA SANTA. «¿Qué quieres?», responde un coro cuya pregunta resuena por todos los mundos. «Llegar a Dios». «¿Has vencido?» «He vencido la carne por la abstinencia, las falsas palabras por el silencio, la falsa ciencia por la humildad, el orgullo por la caridad, la tierra por el amor; he pagado mi tributo de sufrimientos, me he purificado ardiendo en la fe, he deseado la vida por la oración; espero adorando y me resigno.»
Ninguna respuesta se dejó oír.
«Que Dios sea bendito», respondió el ESPIRITU, creyendo que iba a ser rechazado.
Sus lágrimas brotaron y cayeron como un rosario sobre los dos testigos arrodillados que gemían ante la justicia de Dios.
De pronto, bruscamente, sonaron las trompetas de la victoria comunicada por el ÁNGEL en esta última prueba: sus notas llenaron los espacios como un sonido en su eco e hicieron temblar el universo que Wilfrid y Minna sintieron que se achicaba bajo sus pies y temblaron, agitados por la angustia que les producía la aprehensión del misterio que debía cumplirse.
Se produjo un gran movimiento, como si las legiones eternas se pusieran en marcha, disponiéndose en espiral. Los mundos se arremolinaban, semejantes a nubes lanzadas por viento huracanado. Todo ocurrió muy rápidamente.
Súbitamente los velos se rasgaron y vieron en lo alto una especie de astro incomparablemente más brillante que cualquiera de los más luminosos de los cuerpos celestes materiales, que se separó y cayó como un rayo brillando como un relámpago y ante cuyo paso palideció todo lo que hasta entonces habían considerado como la LUZ.
Éste era el mensajero encargado de anunciar la buena nueva, y en su casco, como penacho, portaba una llama de vida.
Dejaba tras sí surcos que llenaban inmediatamente las olas de los puntos particulares por los que pasaba.
Llevaba una palma y una espada. Tocó el ESPÍRITU con la palma y éste se transfiguró, sus alas blancas se desprendieron sin ruido.
La comunicación de la LUZ que transformó al ESPIRITU en SERAFÍN, lo revistió de su forma gloriosa, la armadura celeste, que lanzaba tales rayos que los dos videntes quedaron deslumbrados.
Como los tres apóstoles ante cuyos ojos se mostró Jesús, Wilfrid y Minna sintieron que el peso de sus cuerpos se oponía a una completa intuición, sin nubes, de la PALABRA y de la VERDADERA VIDA.
Comprendieron la desnudez de sus almas y se dieron cuenta de lo escaso de su luminosidad en comparación con la aureola del serafín en la que se encontraban como una vergonzosa mancha.
Se vieron llenos de un ardiente deseo de refugiarse en el fango del universo para sufrir más pruebas, con el fin de poder un día proferir victoriosamente ante la PUERTA SANTA las palabras dichas por el radiante serafín.
El ángel se arrodilló delante del SANTUARIO, que podía por fin contemplar cara a cara, y dijo, señalándolos: «Permitidles que vean más adelante, aman al Señor y proclaman sus palabras».
Ante esta oración, cayó un velo. Sea que, por la fuerza desconocida que pesaba sobre los dos videntes, éstos vieron momentáneamente anonadadas sus formas corporales, sea que la oración hiciera surgir su espíritu fuera de las formas, el caso es que sintieron que se dividía en ellos lo puro, separándose de lo impuro.