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Perpetuidade

ETERNIDADE E PERPETUIDADE



René Guénon: EVOLUCIONISMO ESPÍRITA

Los evolucionistas, que no tienen ninguna idea de la eternidad, como tampoco de todo lo que es del orden metafísico, llaman de buena gana por este nombre a una duración indefinida, es decir, a la perpetuidad, mientras que la eternidad es esencialmente la «no duración»; este error es del mismo género que el que consiste en creer que el espacio es infinito, y por lo demás apenas se dan uno sin el otro; la causa de ello está siempre en la confusión de lo concebible y de lo imaginable. En realidad, el espacio es indefinido, pero, como toda otra posibilidad particular, es absolutamente nulo en relación al Infinito; del mismo modo, la duración, incluso perpetua, no es nada al respecto de la eternidad. Pero lo más singular, es esto: para aquellos que, al ser evolucionistas de una manera o de otra, colocan toda realidad en el devenir, la supuesta eternidad temporal, que se compone de duraciones sucesivas, y que es por tanto divisible, parece partirse en dos mitades, una pasada y la otra futura. He aquí, a título de ejemplo (y podrían darse muchos otros), un curioso pasaje que sacamos de una obra astronómica de M. Flammarion: «Si los mundos murieran para siempre, si los soles una vez extinguidos no se reencendieran más, es probable que ya no hubiera estrellas en el cielo. ¿Y por qué? Porque la creación es tan antigua, que podemos considerarla como eterna en el pasado. Desde la época de su formación, los innumerables soles del espacio han tenido ampliamente tiempo de extinguirse. Relativamente a la eternidad pasada (NA: sic), son únicamente los nuevos soles los que brillan. Los primeros están extinguidos. La idea de sucesión se impone pues por sí misma a nuestro espíritu. Cualquiera que sea la creencia íntima que cada uno de nosotros haya adquirido en su consciencia sobre la naturaleza del Universo, es imposible admitir la antigua teoría de una creación hecha de una vez por todas. ¿No es la idea de Dios misma, sinónima de la idea de Creador? Tan pronto como Dios existe, crea; si no hubiera creado más que una vez, no habría ya soles en la inmensidad, ni planetas sacando a su alrededor la luz, el calor, la electricidad y la vida. Es menester, de toda necesidad, que la creación sea perpetua. Y, si Dios no existiera, la antigüedad, la eternidad del Universo se impondría con más fuerza todavía» 1 . Es casi superfluo llamar la atención sobre la cantidad de puras hipótesis que hay acumuladas en estas pocas líneas, y que no son siquiera muy coherentes: es menester que haya nuevos soles porque los primeros están extinguidos, pero los nuevos no son más que los antiguos que se han reencendido; es menester creer que las posibilidades se agotan pronto; ¿y qué decir de esa «antigüedad» que equivale aproximativamente a la eternidad? Sería pues igualmente lógico hacer un razonamiento de esto género: si los hombres una vez muertos no se reencarnaran, es probable que ya no los hubiera sobre la tierra, ya que, desde que los hay, han tenido «ampliamente tiempo» de morir todos; he ahí un argumento que ofrecemos de muy buena gana a los reencarnacionistas, cuya tesis no fortificará apenas. La palabra «evolución» no está en el pasaje que acabamos de citar, pero es evidentemente esta concepción, exclusivamente basada sobre la «idea de sucesión», la que debe reemplazar a «la antigua teoría de una creación hecha de una vez por todas», declarada imposible en virtud de una simple «creencia» (la palabra está ahí). Por lo demás, para el autor, Dios mismo está sometido a la sucesión o al tiempo; la creación es un acto temporal: «Tan pronto como Dios existe, crea»; se trata pues de que tiene un comienzo, y probablemente también debe estar situado en el espacio, pretendido infinito. Decir que «la idea de Dios es sinónima de la idea de Creador», es emitir una afirmación más que contestable: ¿se atreverá a sostener que todos los pueblos que no tienen la idea de creación, es decir, en suma todos aquellos cuyas concepciones no son de fuente judaica, no tienen por eso mismo ninguna idea que corresponde a la de la Divinidad? Es manifiestamente absurdo; y destáquese bien que, cuando aquí se trata de creación, lo que se designa así no es nunca más que el mundo corporal, es decir, el contenido del espacio que la astronomía tiene la posibilidad de explorar con su telescopio; ¡el Universo es verdaderamente bien pequeño para estas gentes que ponen el infinito y la eternidad por todas partes donde no podría tratarse de ellos! Si ha sido menester toda la «eternidad pasada» para llegar a producir el mundo corporal tal como le vemos hoy día, con seres como los individuos humanos para representar la más alta expresión de la «vida universal y eterna», es menester convenir que se trata de un lastimoso resultado 2 ; y, ciertamente, no será demasiado toda la «eternidad futura» para llegar a la «perfección», no obstante tan relativa, con la que sueñan nuestros evolucionistas. Eso nos recuerda la estrafalaria teoría de no sabemos muy bien qué filósofo contemporáneo (si nuestros recuerdos son exactos, debe ser Guyau), que se representaba la segunda «mitad de la eternidad» como debiendo transcurrir reparando los errores acumulados durante la primera mitad; ¡He aquí los «pensadores» que se creen «ilustrados», y que se permiten tomar a irrisión las concepciones religiosas!


NOTAS:
1 Astronomie populaire, pp. 380-381.
2 Mlle Marguerite Wolff, de quien ya hemos hablado, aseguraba que «Dios se había equivocado al crear el mundo, porque era la primera vez y carecía de experiencia»; y agregaba que, «si tuviera que recomenzar, lo haría ciertamente mucho mejor».