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id da página: 8585 Notas Merkabah

Notas Merkabah

NOTAS ADICIONAIS SOBRE A MERKABAH
Como la visión de San Juan en el Apocalipsis y como la de Jacob junto al río Yabboq, la visión de Ezequiel (cap. I) se presenta en el contexto de una contemplación del cielo, que el fenómeno de la inspiración, de pronto, transfigura. «Encontrándome yo a orillas del río Kebar, se abrió el cielo y contemplé visiones divinas». Una extraña aparición celeste se aproxima, viniendo del Norte, al lugar donde se sitúa la montaña cósmica sede de los dioses, en un huracán de fuego fulgurante, característico de las teofanías. «Yo miré: vi un viento huracanado que soplaba del Norte, una gran nube con fuego fulgurante y resplandores en torno, y en el medio como el fulgor del electro, en medio del fuego». Todo se ordena en torno a este centro, como en la visión de San Juan. «Había en el centro como una forma de cuatro seres cuyo aspecto era el siguiente: tenían forma humana. Tenían cada uno cuatro caras, y cuatro alas cada uno... sus caras estaban vueltas hacia las cuatro direcciones. Sus alas estaban juntas una con otra; al andar no se volvían; cada una marchaba de frente. En cuanto a la forma de sus caras, era una cara de hombre, y los cuatro tenían cara de león a la derecha, los cuatro tenían cara de toro a la izquierda y los cuatro tenían cara de águila». ¿Será preciso decir que esta descripción no pretende en modo alguno proporcionámos piezas sueltas de una plástica coherente, dejándonos a nosotros el cuidado de reconstruir el puzzle imposible? Según el procedimiento habitual del pensamiento semítico, que se generalizará en el estilo de los apocalipsis, el profeta acumula, sin buscar efectos plásticos, rasgos simbólicos extraños. Son esos simbolismos y no sus imágenes trasmisoras las que reconstruyen por toques yuxtapuestos el cuadro mental que el autor quiere sugerir.

La continuación del texto describe de forma impresionante la gigantesca rotación nocturna de las constalaciones. En ese carrusel celeste, mediante una superposición de imágenes que evoca la simultaneidad cinematográfica, cada una de las cuatro constelaciones cardinales viene sucesivamente a ocupar el lugar de la anterior, de suerte que se cubren, se apoyan, se encuentran cada una en todas y todas en cada una, teniendo todo en común y perteneciendo, sin embargo, a los cuatro animales. «Tenían cada uno cuatro caras y cuatro alas, y sus caras vueltas hacia las cuatro direcciones». Se suceden sin interrupción. «Sus alas estaban unidas una con otra; al andar no se volvían; cada uno marchaba de frente». Se sigue con la vista el movimiento circular imperturbable de la gran noria sideral. Para subrayar esta rotación y lo que tiene de esencial, se asocia una rueda a cada animal: «Miré entonces a los seres y vi que había una rueda en el suelo, al lado de los seres de cuatro caras. El aspecto de las ruedas era como el destello del crisólito». Y de nuevo la misteriosa circuminsesión: «Tenían los cuatro la misma forma y parecían dispuestos como si una rueda estuviese dentro de la otra. En su marcha avanzaban en las cuatro direcciones; no se volvían en su marcha». Tal es la experiencia del observador que, al volverse hacia los cuatro horizontes del espacio, comprueba el desplazamiento de las estrellas en las cuatro direcciones y sin ningún retroceso. El aspecto de las ruedas es el de las constelaciones pobladas de estrellas: «Su circunferencia tenía gran altura (la de su órbita), era imponente, y la circunferencia de las cuatro estaba llena de ojos todo alrededor... Y todo su cuerpo, su espalda, sus manos y sus alas, así como las ruedas, estaban llenas de ojos todo alrededor» (cap. 1,18; las estrellas-ojos son un símbolo que ha servido siempre para expresar la omnisciencia y la omnipre-sencia de la divinidad celeste). El misterio de los animales es inseparable del de su rueda-emblema: «Cuando los seres avanzaban, avanzaban las ruedas junto a ellos, y cuando los seres se elevaban del suelo, se elevaban las ruedas. Donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu del ser estaba en las ruedas» (cap. 10, versículo 16 y sgtes.). Remitámonos una vez más a las trayectorias estelares de la foto 1. Estos cuatro seres cardinales son los soportes móviles de la bóveda celeste, los apoyos del trono prestigioso de la majestad divina, los querubines del arca cósmica encima de la cual aparece Yahveh: «Sobre las cabezas del ser había una forma de bóveda resplandeciente como el cristal, extendida por encima de sus cabezas... Por encima de la bóveda que estaba sobre sus cabezas, había algo como una piedra de zafiro en forma de trono, y sobre esta forma de trono, por encima, en lo más alto, una figura de apariencia humana. Vi luego cómo el fulgor del electro, algo como un fuego que formaba una envoltura, todo alrededor... y un resplandor en torno, con el aspecto del arco iris que aparece en las nubes los días de lluvia: tal era el aspecto de este resplandor, todo en torno. Era algo como la gloria de Yahveh. A su vista caí rostro en tierra...» (Ezequiel, cap. I).