El esquema del Universo cuyo centro ocupa el Sol y en torno al cual giran todos los astros móviles, incluida la Tierra, no es un descubrimiento, renacentista: Copérnico no hizo más que volver sobre una idea que ya había sido expuesta en la Antigüedad1 , para consolidarlas con sus observaciones. Visto como símbolo, el esquema heliocéntrico del Universo es el complemento indispensable del sistema geocéntrico; pues el origen divino del Universo —o del Espíritu a cuyo través crea Dios al mundo— puede concebirse ya como el espacio infinito que todo lo envuelve, ya como el centro irradiador de todas las manifestaciones. Precisamente por hallarse el origen divino más allá de toda diferenciación, existe un complemento de signo inverso para cada uno de sus símiles. Pero el esquema heliocéntrico fue utilizado por el pensamiento racionalista como prueba de que el antiguo esquema geocéntrico, con toda su significación espiritual; era un error. Esto da origen a la paradoja de que una ideología que quiere hacer de la razón la medida de toda la realidad, traza un esquema astronómico del mundo en el que el hombre aparece cada vez más como una mota de polvo entre otras motas de polvo, como un puro accidente de cualquier proceso cósmico, mientras que el concepto medieval, que no se basaba en la razón humana, sino que descansaba en la revelación y la inspiración, situaba a los hombres en el centro de su universo. Sin embargo, esta aparente contradicción es fácil de explicar: la tesis racionalista olvida por completo que todo cuanto puede afirmar sobre el Universo sigue siendo fruto del conocimiento humano, y que el hombre, precisamente por poder contemplar su existencia material desde un punto de vista más elevado, como si no estuviera atado a esta Tierra, se manifiesta como el centro discernidor del mundo. Precisamente por ser el hombre el depositario del espíritu y poder, por ello, discernir fundamentalmente todo la que es, la ideología fiel a la tradición le sitúa en el centro del mundo visible, del mismo modo que éste se aparece a las percepciones sensoriales inmediatas. En la misma visión, es decir, en la de una cosmología fiel a la tradición, el esquema heliocéntrico del universo en el que el hombre se aleja del Sol, sólo puede tener un significado esotérico, que es el que presenta Dante en su descripción «teocéntrica» del mundo de los ángeles. Visto desde Dios, el hombre no está en el centro, sino en el borde externo de la existencia.
Si el esquema heliocéntrico del Universo resulta correcto desde el punto de vista físico- matemático, es porque éste encierra algo «extrahumano»: se sitúa a distancia del hombre considerado como compuesto de espíritu, alma y cuerpo, al ceñirse exclusivamente al campo material y cuantitativo, con lo cual se erige en el contrapunto de la visión que presenta al hombre sub specie aeternitatis.
Ningún esquema del Universo puede ser absolutamente correcto, ya que la realidad en que se centra la observación es relativa, dependiente e infinitamente múltiple.
La creencia en el esquema heliocéntrico del Universo y su aceptación incondicional ha creado un gran vacío espiritual: el hombre se vio despojado de su dignidad cósmica, y de su degradación a insignificante mota de polvo entre la infinidad de motas de polvo que giran en torno al Sol, no fue capaz de obtener una visión que liberara su espíritu. El pensamiento cristiano, fundado en el principio de que Dios se hizo hombre, no estaba preparado para esto: ver al hombre convertido en una insignificancia en el espacio y considerarlo, al mismo tiempo, el centro discernidor y simbólico del Universo, sin caer en la desesperación ni en la vanidad, es algo que rebasa las facultades espirituales de la mayoría.
Con la incorporación del Sol a una multitud de miles de millones de otros soles, quizá rodeados también por planetas y situados a miles o millones de años luz, saltaron en pedazos todos los esquemas del Universo, en el sentido literal de la expresión: ya no era posible imaginar la disposición del mundo, y el hombre perdió la sensación de formar parte de un todo lógicamente ordenado; por lo menos, éste fue el efecto que causó en general, en los países de Occidente, el moderno concepto astronómico del mundo; el pensamiento budista, que siempre consideró el mundo como terreno movedizo, tal vez pueda responder de otro modo a esta misma apreciación científica.
Si el conocimiento científico marchara paralelamente a una interpretación espiritual de las apariencias, tal vez en la progresiva disolución de todos los sistemas que se consideraban indiscutibles podría verse la prueba de que cualquier visión del mundo no es más que una alegoría, y toda alegoría es relativa. El Sol es, sin duda, para este mundo que percibimos a simple vista, la esencia de la luz y la representación natural del origen divino que alumbra todas las cosas y en torno al cual gira todo; pero, al mismo tiempo, no es más que un astro, y, como tal, no es único, sino uno entre otros muchos de la misma especie.
No es éste el momento de demostrar cómo cada nuevo esquema del Universo no es promovido tanto por la observación científica como por la lógica unilateralidad del esquema anterior. Esto puede decirse también del último concepto del espacio: la Cosmología medieval imaginaba la totalidad del espacio como una inmensa esfera rodeada espiritualmente por el cielo exterior; la filosofía racionalista afirmaba que el espacio era infinito; pero dado que, considerado como extensión relativa, es sin duda inmenso, pero no puede ser infinito en sentido absoluto, un nuevo paso de la Ciencia nos lleva al concepto ya casi inimaginable de un espacio que se retuerce y revierte sobre sí mismo.
La absoluta homogeneidad del espacio o del tiempo es rebatida por las Matemáticas modernas y sustituida por una relación permanente entre espacio y tiempo. Pero si el espacio es esto que rodea lo que se percibe simultáneamente, y el tiempo lo que representa la sucesión de las percepciones, resulta que las estrellas fijas no están ya «alejadas» de nosotros muchísimos años luz, sino que se encuentran allí donde tiene su límite el espacio que está en la simultaneidad. Con esta paradoja pretendemos sólo indicar que, a la postre, todo esquema científico del Universo se contradice a sí mismo, mientras que no experimenta variación alguna el significado espiritual que se manifiesta en las cosas visibles de una u otra forma y que se revela de modo tanto más convincente cuanto más próximo se halla a los orígenes y más a la medida del hombre es el esquema del Universo. Y al hablar de significado no nos referimos a nada ideológico; utilizamos la expresión «significado» por pura necesidad y, al modo de los escritos fieles a la tradición, designamos el contenido inmutable de las cosas que sólo puede apreciarse por medio del espíritu.
Con las observaciones precedentes sobre el esquema astronómico del Universo, tal vez hayamos conseguido indicar que existen dos formas diametralmente opuestas entre sí de contemplar el mundo o la Naturaleza en el más amplio sentido de la palabra: la una, impulsada por la curiosidad científica, se afana en estudiar la inagotable multiplicidad de los fenómenos y, a medida que va acumulando experiencias, se hace heterogénea y tiende a descomponerse; la otra se orienta hacia el centro espiritual, que es, al mismo tiempo, centro del hombre y de las cosas, ya que se asienta sobre el carácter simbólico de las apariencias para intuir y contemplar las realidades inmutables contenidas en el espíritu. Esta última visión tiende a simplificar no lo que percibe en múltiple escalonamiento; sino lo que retiene de esencial. La visión más completa que puede alcanzar el hombre es simple, en el sentido de que su riqueza interior no permite signos distintivos. A esta sublime visión se refiere un texto hermético redactado en la lengua siria, del que citaremos aquí varios pasajes para cerrar nuestro capítulo sobre la ciencia hermética (se habla en el texto de un misterioso espejo colocado en un templo bajo siete puertas, que simbolizan los siete cielos planetarios): «.. El espejo estaba hecho de manera que ningún hombre pudiera verse en él materialmente, pues tan pronto como se colocaba ante el espejo, se olvidaba de su propia imagen. El espejo representa el Espíritu divino. Cuando el alma se mira en él, descubre la vergüenza que ella encierra y la arroja de sí... Ya purificada, imita al Espíritu Santo y le toma de modelo; a su vez, ella se hace espíritu; anhela el descanso y retorna constantemente a este estado elevado en el que el hombre reconoce a Dios y es reconocido por Él. Entonces, ya sin sombras, se libera de sus ataduras y de las que la sujetan al cuerpo... ¿Qué dice el filósofo? ¡Conócete a ti mismo! Y se refiere al espejo espiritual del reconocimiento. Pero, ¿qué es este espejo sino el Espíritu divino, origen de todo? Cuando un hombre se mira y se ve en él, se aparta de todo aquello que lleva el nombre de dioses y demonios y, al unirse con el Espíritu Santo, se convierte en hombre completo. Ve a Dios en sí mismo... Este espejo se halla tras siete puertas... que corresponden a los siete cielos; sobre este mundo material, sobre las doce mansiones (del cielo)... sobre todo esto se encuentra este ojo del sentido invisible, este ojo del Espíritu que está presente en todas partes. Allí puede verse a este espíritu perfecto, cuyo poder todo lo alcanza...» (Berthelot, La Chimie au Moyen Age, París, 1893, II. 262-263)
NOTAS: