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id da página: 4675 Dom Marmion União

Dom Marmion União

Excertos

Solo la unión con Cristo por la fe puede hacer fecunda la vida de oración; alegría que produce en el alma


Es de tal importancia esto para las almas que aspiran a la vida de oración, que creo útil insistir en ello. Bien sabéis que entre Dios y nosotros, entre el Creador y la criatura media un abismo infinito. Sólo Dios puede decir: «Yo soy el ser subsistente por mí mismo» (Ex 3,14). Todos los demás seres han salido de la nada. ¿Quién tenderá el puente sobre este abismo? -Cristo Jesús que es el mediador y el pontífice por excelencia; únicamente por El podremos remontarnos a Dios. En esto es terminante la palabra del Verbo encarnado. «Nadie va al Padre sino por Mí» (Jn 14,6); como si dijera: «No llegaréis a la Divinidad sino pasando por mi humanidad; porque yo soy, no lo olvidéis jamis, yo soy el camino, el único camino». Sólo Cristo, Dios y Hombre, nos eleva hasta el Padre, y por ahí se ve cuánto importa tener fe viva en El. Si tenemos esta fe en el poder de su humanidad, ya que es la humanidad de un Dios, estaremos seguros de que Cristo puede ponernos en contacto con Dios. Porque, y ya os lo he dicho repetidas veces, el Verbo, al unirse a nuestra naturaleza, en principio nos unió a todos con El. Jesús nos introduce, unidos a El por la gracia, en el santuario inaccesible de la divinidad, donde moraba va antes de que fuera creado el tiempo. «Y el Verbo existía delante de Dios» (Ib 1,1). Nos introduce consigo en «el Santo de los Santos» (Heb 9,12), como dice San Pablo.

Por Cristo somos hechos hijos de Dios (Gál 4, 4-5); merced también a El, unidos a El, podemos obrar como cumple a hijos de Dios, y llenar los deberes que dimanan de nuestra adopción divina. Por lo tanto, debiéndonos presentar a Dios en la oración como hijos adoptivos suyos, preciso será presentarnos con Cristo y por Cristo. Antes de ponernos a orar, hemos de unirnos siempre, con la intención y el afecto, a nuestro Señor, pidiéndole que El mismo se digne presentarnos al Padre. Hay que unir, pues, nuestras plegarias a las que Jesús elevaba desde este suelo, a esa oración sublime que en calidad de mediador y pontífice prosigue allá en el cielo. «Siempre vive para interceder por nosotros» (Heb 7,25).

Ved cómo Nuestro Señor santificó de antemano nuestras oraciones con su ejemplo, «pues pasaba las noches en oración con Dios» (Lc 6,12). San Pablo nos dice que ese divino pontífice, «en los días de su vida mortal, elevó ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas» (Heb 5,7). «Ahí tienes, cristiano, dice San Ambrosio al hablar de la oración de Cristo ahí tienes el modelo que imitar» (Expos, Evang. in Lc., Lib V, c. 6). Jesús oró por si mismo cuando pidió al Padre lo glorificara (Jn 17,5); oró por sus discípulos, no para que fueran sacados de este mundo, sino para que se viesen libres del mal, porque pertenecen por El al Padre (ib. 9); oró por todos cuantos habíamos de creer en El (ib. 20).

Jesús nos dejó, además, una fórmula admirable de oración en el Padrenuestro, donde se pide todo cuanto un hijo de Dios puede pedir a su Padre que está en los cielos.-«¡Oh Padre!, santificado sea tu nombre»; obre yo en todo para mayor gloria tuya, y constituya ella el primer objetivo de todos mis actos. «Venga a nosotros tu reino»; a mí y a todas vuestras criaturas; sed Vos siempre el verdadero amo y señor de mi corazón, y que en todo, sea para mí agradable o adverso, se cumpla tu voluntad; que yo pueda decir, como vuestro Hijo Jesús, que vivo para Vos.-Todas nuestras súplicas, dice San Agustín, debieran reducirse esencialmente a esos actos de amor, a esas aspiraciones, a esos santos deseos que Cristo Jesús, el embeleso del Padre, puso en nuestros labios, y que su Espíritu, el Espíritu de adopción, repite en nosotros (San Agustín, Sermo LVI, c. 3).

Es la oración por excelencia de todo hijo de Dios.

Mas no sólo santificó Nuestro Señor con su ejemplo nuestras oraciones, no sólo nos dejó de ellas un modelo, sino que las apoya con su crédito divino e infalible, porque nuestro Pontífice tiene siempre derecho a ser escuchado. «Fue atendido en razón de su dignidad» (Heb 5,7); El mismo nos tiene dicho que todo cuanto pidamos al Padre en su nombre, esto es, poniéndole como valedor, nos será otorgado. Cuando nos presentemos a Dios, desconfiemos de nosotros mismos, pero sobre todo avivemos nuestra fe en el poder que Jesús, jefe y hermano mayor nuestro, tiene para introducirnos en la cámara de su Padre, que es también Padre nuestro. «Subo a mi Padre, que es también vuestro Padre» (Jn 20,17).-Porque si esta fe es viva, nos uniremos por su medio estrechamente con Jesucristo, y «Cristo, que mora en nosotros por la fe» (Ef 3,17) nos sube hasta el Padre. «Quiero, Padre, que los míos estén conmigo donde yo esté» (Jn 17,24). ¿Dónde está El? En el seno del Padre. Estamos por la fe donde El está en la realidad, en el seno del Padre. «En Cristo, dice San Pablo, por la fe tenemos seguridad y entrada confiada con Dios» (Ef 3,12). Entonces comienza la oración; Cristo, por su Espíritu, ora con nosotros y por nosotros (Heb 7,25). ¡Qué motivo más poderoso para atrevernos a comparecer confiados ante Dios! Si nos presenta Cristo, que nos mereció la filiación divina, señal cierta de que no somos ya huéspedes y advenedizos, sino hijos (Ef 1,19), podemos desde luego entregarnos a las expansiones de un amor tierno, que es perfectamente compatible con un respeto profundo. El Espíritu Santo, Espíritu de Jesús, combina con sus dones de, temor y de piedad esos sentimientos de adoración rendida y de ilimitada confianza, que a primera vista parecen sentimientos reñidos, y da a nuestra actitud interior el carácter que conviene a nuestras relaciones con Dios.

Apoyaos, pues, en Jesucristo. El nos tiene dicho: «Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, yo mismo lo haré, a fin de que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14,13). «Hasta hoy nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, de modo que vuestro gozo sea cumplido» (ib. 16,24). Pedir en nombre de Jesús es pedir aquello que es conforme a nuestra salvación, viviendo unidos siempre con El por fe y amor, como miembros vivos de su cuerpo místico. «Cristo, dice, San Agustín, ruega por nosotros en calidad de Pontífice; ora en nosotros porque es nuestra Cabeza» (Orat pro nobis ut sacerdos noster; orat in nobis ut caput nostrum. Enarr. in Ps. LXXXV, c. 1). Por eso, añade el Santo, no puede el Padre Eterno separarnos de Cristo, como no se puede separar el cuerpo de su cabeza; al mirarnos, ve en nosotros a su Hijo, porque formamos un todo con El.

De ahí también resulta que al concedernos el Padre lo que le pide su Hijo en nosotros y para nosotros, es «glorificado en su mismo Hijo», porque el Padre cifra toda su gloria en amar a su Hijo y en complacerse en El. Dice Santa Teresa que «mucho contenta a Dios ver un alma que con humildad pone por tercero a su Hijo» (Vida, cap.22). ¿Qué otra cosa hace la Iglesia, la Esposa de Cristo, al terminar siempre sus oraciones con el nombre de su divino Esposo, «que vive y reina en los cielos con el Padre y el Espíritu Santo»?

Y así nuestro gozo será completo. No aquí abajo, donde aun es preciso luchar, y donde no siempre veremos en seguida satisfechos todos nuestros deseos, «porque el hombre que siembra hoy, no espera para mañana mismo la cosecha», según frase de San Agustín (Tract. in Joan., 73, n.4); mas entretanto se va perfeccionando poco a poco ese gozo íntimo de sentirse hijo de Dios, gozo y confianza que serán un día colmados en la eterna bienaventuranza. Porque el alma que de veras se da a la oración, se va desasiendo más y más de todo lo terreno, para penetrar más profundamente en la vida de Dios.

Procuremos, pues, ser de esas almas unidas a Dios por medio de la oración; pidamos al Señor que nos conceda ese don preciosísimo, manantial él mismo de muchas grandes gracias; pidámoselo en la medida que nos conceda ese don preciosísimo, manatial el mismo de muchas grandes gracias que Dios nos otorga por Cristo, estemos seguros de que viviremos cada vez más conforme al espíritu de nuestra adopción y se irá afianzando en nosotros la cualidad inestimable de hijos de Dios, «para gloria de nuestro Padre celestial y colmo de nuestro gozo» (Jn 14,13; 16,24).