Toda tradición comienza cuando un profeta reactualiza y realiza el proceso de regeneración y lo vuelve a transmitir a otro, y así sucesivamente, hasta que esta transmisión viva se interrumpe; entonces el misterio se congela en los ritos que no son sino las imágenes de una operación que nadie es capaz de vivificar de nuevo.
Mientras existe la posesión y el conocimiento del secreto, los ritos se conservan vivos.
Estos ritos representan el camino, las etapas que debe recorrer el neófito para experimentar el proceso de la regeneración. Como dice J.M.A. en el final de su artículo: «Muerte al mundo, Renacimiento en la pureza y Perfeccionamiento en la vida corporificada en Dios».
No olvidemos, pues, que los ritos sólo enseñan, y no implican la experimentación real de este proceso regenerativo. Enseñan el camino que el hombre tendría que seguir hacia su regeneración integral.
Vemos en el artículo citado que la Iglesia primitiva se mostraba muy exigente en lo que se refiere a la admisión de sus nuevos miembros.
Toda la enseñanza converge hacia la experiencia del Bautismo. Sin él, el hombre no puede ser cristiano. Por eso, el candidato, el neófito, el catecúmeno debía pasar por unas etapas de larga espera antes de poder recibir el bautismo. Esto significa que el proceso regenerativo empieza por la experiencia del Bautismo, del que, el bautismo ritual concedido al catecúmeno, es la representación.
Y precisamente, en el siglo IV es cuando con la oficialización del culto cristiano en el Imperio romano, empezó a desaparecer el catecumenado y se generalizó el bautizar a los niños al nacer. Todas las etapas previas y necesarias de preparación del neófito para el acceso al bautismo fueron abolidas debido a las conversiones masivas a la nueva religión del Estado.
En la liturgia de rito ortodoxo griego, todavía se conserva la distinción entre la misa de los catecúmenos y la de los fieles. Antes de empezar el rito de la transubstanciación, se ordena a los catecúmenos retirarse ya que todavía no son cristianos de verdad. Puesto que sólo los que han sido socorridos por el bautismo tienen acceso al misterio de la comunión que salva.
Se sabe que, en el segundo siglo, la celebración de la Cena tenía lugar en privado y de noche hasta que estas reuniones nocturnas fueron prohibidas por las autoridades romanas.
Aquí también encontramos una enseñanza muy instructiva: uno solo es capaz de operar la transubstanciación de las especies, es decir, elaborar el alimento físico que salva a los bautizados, a imagen de Jesucristo, «gran sacerdote para siempre según la orden de Melquisedec » (Ep. Hebr. V).
Este conocedor está representado por el sacerdote o el hierofante que opera y ofrece la comunión a los fieles bautizados.
En cambio, el diácono (en griego: servidor) no puede operar la transubstanciación, sino que sólo está habilitado para distribuir y conservar las santas especies consagradas.
Intentemos resumir lo dicho respecto a los misterios cristianos en el primer siglo:
En primer lugar encontramos a los fieles auditores a la espera de la iniciación bautismal. Estos no perciben sino una enseñanza exotérica.
Luego tenemos a los santos bautizados que pueden participar de la mesa de la comunión que salva.
En tercer lugar existen los Elegidos que sólo son depositarios y conservadores de este secreto palpable, lo mismo que los del Santo Grial en el «Romance de la Mesa Redonda».
Por último tenemos al Maestro que conoce y realiza en secreto el misterioso alimento de vida. En el curso de la misa de rito ortodoxo, el momento de la consagración se produce en secreto, ya que se cierran las tres puertas de la Iconostasis que separa el santuario del resto de la Iglesia, y se vuelven a abrir después, para la comunión de los fieles.