Todo cuanto vemos cae sobre la retina del ojo, al revés, como en una cámara fotográfica. Nuestra imagen del mundo, refractada, a través del lente del ojo, cae sobre la superficie de la retina donde la recibe un gran número de terminales nerviosas o puntos sensibles. El cuadro es bidimensional, como los que vemos en el telón del cine, al revés, y se distribuye sobre muchos y separados puntos de registro. Sin embargo, para nosotros, este cuadro queda transformado en aquel suave y sólido mundo que vemos. Viendo cuadros he imaginado sólidos. Del espacio de dos dimensiones, según lo llamamos, he producido espacio de tres dimensiones'. (W. K. Clifford: Conferencias y Ensayos. Conf: 'Filosofía de las Ciencias Puras').
El mundo exterior nos parece algo allegado a nosotros, pero no como si estuviésemos en contacto con él, sino como si estuviéramos en él. No advertimos que estamos en contacto con él por medio de los órganos de nuestros sentidos ubicados sobre toda la superficie de la carne. No tenemos la impresión de estar mirando hacia el mundo a través de aquella maquinaria viva que son los nervios de nuestros ojos. Nos parece que el mundo está ahí, y que nosotros estamos en medio de él. Tampoco nos parece ser una cantidad de impresiones separadas que nos llegan a través de los diversos sentidos y que se combinan, en un compuesto total, por la acción de la mente. Sin embargo, bien sabemos que si no tuviésemos ojos ni oídos, no podríamos ver ni oír nada. Las sensaciones simultáneas que penetran a través de los diferentes sentidos, una vez combinadas en la mente, nos dan la apariencia y las cualidades de una rosa. Y todas estas impresiones separadas son las que efectivamente crean la rosa — para nosotros. Pero es prácticamente imposible darse cuenta del asunto en esta forma. Para nosotros, la rosa sencillamente, está ahí.
Cuando nos detenemos a considerar que la imagen del mundo que cae sobre la retina es bi-dimensional, y que tal es la fuente del contacto con la escena exterior, no nos es difícil comprender que Kant llegase a la conclusión de que el mundo físico lo crea la mente, y que establezca las leyes de la naturaleza debido a ciertas disposiciones que le son innatas y que ordenan el influjo de las impresiones externas, creando un sistema organizado. Los sentidos únicamente nos proporcionan mensajes. Con ellos creamos el mundo visible, audible y tangible, mediante alguna acción interna de la mente, mediante algo que, en sí, es algo más que los mensajes. Pero es sumamente difícil persuadirse de que esto es así, pues, para poder hacerlo, tendríamos que desprendernos de la abrumadora impresión inmediata de una realidad externa en la que estamos invariablemente sumidos. Este esfuerzo es de la misma naturaleza peculiar que aquél que se precisa para darse cuenta de la propia invisibilidad de los demás.
Estamos sumidos en apariencias. Este es uno de los significados tras la idea de maya del pensamiento filosófico de la India. No estamos separados de lo externo porque lo damos como hecho real. Estamos entremezclados con él a través de los sentidos, y sobre este hecho se moldea nuestro pensamiento, o sea sobre los sentidos. Y aquí tenemos dos ideas: la primera es que en nuestras formas de pensamiento vamos en pos de aquello que los sentidos nos muestran acerca del mundo; la segunda, que tomamos lo externo como una realidad en sí misma y no como algo que tiene una conexión con la naturaleza de nuestros sentidos. ¿Qué es lo que significa el hablar de apariencias? Incluyamos en este término todo cuanto nos muestran los sentidos. Nos muestran el cuerpo de una persona, su apariencia exterior. No nos muestran su ser consciente, su espíritu o su alma; no nos muestran su historia, su vida, todo cuanto ha pensado, hecho, amado y odiado. No nos muestran casi nada acerca de ella. Pero nos aferramos al aspecto aparente como si fuese lo principal. No nos muestran ni el aspecto invisible de la persona, ni el aspecto invisible del mundo. Pero todo cuanto consideramos real y existente está permanentemente confundido con lo que nos revelan los sentidos.
Consideremos un cuadro compuesto del mundo, un cuadro construido interiormente y, de acuerdo con algunos antiguos pensadores, un cuadro construido por medio de la imaginación. Lo que vemos, lo vemos por medio de la luz, lo transmite el 'éter'; lo que oímos, lo oímos por medio del sonido que transmite el aire. El tacto ocurre por el contacto directo. Cada uno de los sentidos trabaja de una manera singularmente separada, de una manera dispuesta únicamente por su propio medio y que responde sólo a su particular combinación de estímulos. Sin embargo, todos estos mensajes que llegan de fuentes tan varias quedan aunados en un significado unitario. Vemos a una persona, la oímos, la tocamos y no recibimos la impresión de tres personas, sino de una. Y esto es verdaderamente extraordinario.
Sobran razones para afirmar que nuestros sentidos responden tan sólo a una muy limitada parte del mundo exterior. Tomemos los ejos por ejemplo. Responden a vibraciones de luz que viajan a una velocidad de unos trescientos mil kilómetros por segundo en el éter'; pero lo que nosotros llamamos luz es tan sólo una octava de vibraciones, de entre lo menos cincuenta octavas conocidas de vibraciones que viajan por el éter a la misma velocidad y que llegan, hasta nosotros, desde el sol y las estrellas y, quizás, hasta de las galaxias.
De suerte que nuestros ojos están abiertos solamente a esta octava, única entre todas las demás. Vista como unidad, como un todo, la luz nos parece blanca; pero dividida en notas separadas nos parece ser una serie de colores. El violeta del arco iris es la sede de vibraciones de más o menos doble frecuencia de las que hay en el rojo, de suerte que, grosso modo, podemos decir que entre ambos colores media una octava. Pero más allá del violeta hay tres octavas — ascendentes — de luz ultra-violeta, o sea de una frecuencia que va en aumento. Más allá aún, hay siete octavas que conocemos como rayos-X. Y todavía más allá, hay octavas superiores, de frecuencias mucho más altas y de onda más y más corta, a tal extremo que pueden fácilmente atravesar la densidad del plomo.
Y por debajo del rojo del arco-iris hay octavas descendentes que son los rayos infra-rojos, las ondas de radio, etc. Pero, en medio de todas estas octavas, nuestros ojos solamente pueden percibir una.
La imagen que nosotros tenemos del mundo exterior, y que tomamos como nuestro criterio de lo real, es algo relativo a las formas de nuestros sentidos externos. Pero en sí mismo no existe necesariamente como nosotros lo vemos, y no puede existir así. Cualquiera que fuere su realidad, el hecho es que nosotros lo vemos de cierto modo. Su-apariencia está condicionada por nuestros órganos de percepción. Hay un vasto aspecto invisible al que jamás podremos penetrar mediante una experiencia directa de los sentidos, como ocurre con nuestra experiencia de la luz. La luz penetra directamente a nuestra conciencia, pero no así los rayos X, ni las vibraciones de la radio. Posible es que hayan insectos o plantas conscientes de una u otra forma de energía radiante aparte de la luz y que, por lo mismo, vivan en un mundo distinto al nuestro. También es posible que nuestros sesos sean órganos receptivos de algo distinto a aquel aspecto siempre abierto a la experiencia sensoria que proviene de la piel, de los ojos, nariz, oído, etc. La extensa arborización de células nerviosas que yacen en la superficie de la corteza cerebral pueden sugerir arreglos para una recepción muy especial, así como las ramas de los árboles que se expanden al sol. Pero no podemos aducir prueba alguna para esto.
Considerando la gran escala de vibraciones que es el Universo, en términos de energía, no podemos decir que nuestros sentidos nos revelan la totalidad de las cosas. Nuestros ojos únicamente responden a una limitada gama de vibraciones en el éter. 'Podemos concebir el universo como si fuese un polígono de mil o cien mil aspectos o facetas; cada uno de estos aspectos o facetas puede concebirse como la representación de alguna modalidad especial de existencia. Ahora bien; de entre estos miles de aspectos o modalidades, y que todos bien pueden ser esenciales por igual, únicamente tres o cuatro pueden volcarse hacia nosotros, o ser análogos a nuestros sentidos. Un aspecto o una faceta del universo, y que tenga relación con los órganos de visión, es la modalidad de una existencia luminosa o visible; otra, proporcionada al órgano del oído, es el modo de la existencia sonora o audible'. (Sir William Hamilton: Conferencias sobre Metafísica).
Este pasaje fue escrito antes de que la investigación científica penetrase en el mundo de las energías radiantes. Sea que la conciencia constituya una respuesta a la energía, o que sea energía en sí misma, el hecho evidente es que vivimos en un mundo lleno de diferentes energías y que sólo somos conscientes de unas cuantas. Ya que la física ha resuelto la materia en formas de energía, no podemos, en la actualidad, continuar pensando crudamente acerca de un universo material o de simples trozos de materia. Parece ser un hecho bastante obvio que vivimos en un universo de energías a distintos grados o niveles. Y lo que nos ha sido dado naturalmente es el poder de responder únicamente a una fracción de ellas.
Ya he dicho que es cosa bastante extraordinaria el que los estímulos que nos llegan de fuera, a través de los sentidos y de fuentes tan ampliamente separadas en la escala natural, se unan tan fácilmente en un compuesto. Pero esta composición es de una validez relativa.
Si muy cerca de nosotros disparamos un arma de fuego, veremos la llamarada y oiremos la detonación simultáneamente, y así conectaremos una cosa con la otra. Pero si se dispara un cañón en alta mar, a gran distancia de nosotros y de noche, veremos primero el brillante fogonazo y muchos segundos después oiremos el aire sacudido por la detonación, porque, comparado con la luz, el sonido viaja muy lentamente. El sonido se arrastra en medio del aire a una velocidad de más o menos 330 metros por segundo, en tanto que la luz, viaja, a través del éter, a razón de trescientos mil kilómetros por segundo. Y si no tuviésemos una experiencia previa del hecho ni siquiera podríamos establecer la relación entre el fogonazo y la detonación. A distancia, esa imagen compuesta del mundo que nos presentan los sentidos lleva muchas trazas de estar cayendo a pedazos; o, más bien, parece asumir otro aspecto con relación al tiempo. Y aun cuando los mensajes de la luz viajan tan velozmente, cada vez que miramos hacia el firmamento vemos que hay estrellas que brillan ahí donde, en términos ordinarios, ellas mismas no están. Nosotros vemos las estrellas en su pasado; las vemos en lo que fueron hace miles de años. El pasado de las estrellas es el presente para nosotros. Aun el sol, que tan cerca está de nosotros, no se encuentra ahí donde lo vemos en el espacio, porque su luz demora ocho minutos en llegarnos. De modo que lo vemos ahí donde estaba hace ocho minutos.
Por lo tanto no podemos tener certeza alguna de que lo que vemos es la indiscutida realidad de las cosas. Si nuestros sentidos trabajasen de un modo diferente, si tuviésemos más sentidos, o menos, lo que acostumbramos a llamar realidad sería diferente. Kant ha expresado este asunto en varios de sus escritos. En uno de ellos dice que si, 'en una forma general, se retirase la constitución subjetiva de los sentidos, desaparecería toda la constitución y todas las relaciones entre los objetos en el espacio y el tiempo, y hasta el mismo espacio y tiempo desaparecerían'. Y si nuestros sentidos cambiasen también cambiaría la apariencia de los objetos, pues 'como apariencias, no pueden existir en sí mismas sino en nosotros. Lo que las cosas son en sí mismas aparte de toda la receptividad de nuestros sentidos, sigue siendo, para nosotros, una desconocida realidad. Nada sabemos fuera de nuestro modo de percibirlas, un modo que nos es peculiar únicamente a nosotros y que, por cierto, no es cosa que compartan todos los seres'.
¿Qué es lo que en nosotros comienza a hacer semejantes objeciones a este punto de vista sobre la realidad relativa del mundo visible? Estamos firmemente anclados en aquello que los sentidos nos muestran. El punto de partida de nuestro pensamiento es la realidad perceptible. El pensamiento sensorio es lo que caracteriza la acción natural de la mente, y nosotros siempre apelamos a nuestros sentidos para obtener una prueba final.
No es menester pensar que las apariencias en sí mismas sean ilusiones, o que los sentidos nos muestran un mundo ilusorio. Nos muestran una parte de la realidad. ¿Y acaso la ilusión no comienza ahí donde tomamos las apariencias por la realidad final? ¿No es el comienzo de la ilusión el creer que la percepción sensoria es la única medida de lo real? Por cierto que el mundo visible es real, pero no abarca toda la realidad. Está hecho de realidades invisibles que le rodean por todos lados. El mundo visible está contenido en un mundo invisible — pero invisible tan sólo para nosotros — , mucho más grande. Y al estudiar el uno no tenemos porqué perder el otro, sino que agrandamos aquél dentro de éste. Pero como la lógica natural de todos los días está tan estrechamente conectada con el pensamiento sensorio, lucha contra esta expansión del mundo. Su forma de comprensión se convierte en una barrera psicológica que impide una mayor comprensión.
Si en alguna forma, que ignoramos, nos fuese posible captar la totalidad de las cosas, si pudiésemos captarla abstraídos de los sentidos, podríamos, según algunas autoridades antiguas, percibir el universo como la unidad que originalmente implica la palabra. 'Si los sentidos fuesen eliminados, el mundo aparecería como una unidad' (Literatura Sufí). Mas adelante daremos un ejemplo de la experiencia del universo como una gran coherencia.
Los sentidos dividen la totalidad de las cosas, y, al guiarnos por las pruebas que nos ofrecen, reunimos una enorme cantidad de pequeños hechos aislados. Olvidamos que son trozos de un gigantesco sistema. Estos pequeños hechos nos intoxican muy fácilmente. No sólo nos limitamos a pensar que algo hemos descubierto, sino que hasta llegamos a pensar que lo hemos creado. Olvidamos que partimos de un mundo ya preparado y conexo, que yace tras de aquellos pequeños hechos aislados que podemos ir descubriendo acerca de él. Fácilmente olvidamos que partimos de un mundo ya dado. Estos pequeños hechos parecen explicar las cosas, debelar el misterio, de suerte que, en medio de nuestro engreimiento, comenzamos a pensar de cierto modo, y vemos la vida como si fuese asunto de innúmeros hechos insignificantes y hasta creemos que la existencia humana puede regularse por medio de los hechos. Trabajamos muchísimo para ir acopiando más hechos hasta que parece que toda esta enorme colección de hechos fuera a reemplazar toda la vida real y toda experiencia viva.