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id da página: 2469 Maurice Nicoll O HOMEM NOVO Maurice Nicoll

Nicoll Enfermo de Bezata


Este milagro está dividido en dos partes. La primera trata acerca del milagro propiamente, y la segunda acerca de la reacción de los judíos ante el milagro. Pero la primera parte nuevamente está dividida en dos. Jesús dice al hombre; "¿Quieres ser sano?" Luego le dice: "Levántate, toma tu lecho, y anda". Ahora, estudiemos las diversas cosas dichas antes que el milagro ocurriera, pues podemos tener la seguridad de que, con relación al antiguo lenguaje de las parábolas, todo cuanto se dice en este episodio tiene un significado particular. Hay una multitud que yace enferma en cierto lugar que se llama "la puerta del ganado" y tiene cinco portales. En estos cinco portales hay una multitud de ciegos, cojos, secos, etc., que representan estados psicológicos. Ahora bien; en los milagros que registra el Evangelio de Juan, el número cinco ocurre nuevamente con relación a la mujer de Samaría, aquella que tenía cinco maridos y a quien Cristo habló al lado del pozo de agua. Le dijo que había tenido cinco maridos y que el actual no era el verdadero; luego le habló del "agua viva", o sea de la Verdad viviente que, según dijo Cristo, si alguien bebiera de ella jamás volvería a sufrir sed. Y ella le dijo: "Señor, dame de esta agua para. que no tenga sed ni venga acá a sacarla" (Juan xiv, 15). Cuando recibimos una enseñanza que no está destinada al mundo exterior, o sea una enseñanza que no es de los cinco sentidos y que nos subyuga al mundo exterior, al mundo sensorial, es sumamente difícil de admitirse. Y aun si la aceptamos, continuamos viviendo muy allegados a los sentidos, los que no podemos evitar de tomar por la realidad. Por ejemplo, los sentidos nos dan tiempo y espacio, pensamos en términos de tiempo y de espacio y no podemos ir más allá de este pensamiento sensorio. Nuestro intelecto más profundo yace mucho más allá de todo tiempo y espacio. Pero, por así decirlo, nuestro entendimiento ordinario está formado en términos de tiempo y en términos de espacio, y no sabemos cómo pensar de una nueva manera, no sabemos cómo hacerlo fuera de las categorías sensorias. Aun cuando admitimos la idea de la eternidad, en la que no hay ni tiempo ni espacio, no podemos captar su significado eterno porque no nos es posible pensar en términos de una realidad sin tiempo y espacio. Estamos tan allegados a los cinco portales de los sentidos, que, a pesar de conocer una nueva enseñanza y aun de ver su Verdad, no podemos alejamos del poder del mundo exterior y de la realidad que acerca de él nos proporcionan los sentidos. Aquí es pues donde yace aquella multitud de los que han entrado por los cinco portales del ganado y que se mantienen cerca de las puertas de los cinco sentidos. Y todos están mutilados, ya no están ni en un mundo ni en el otro. Se hallan enfermos, ciegos, cojos, secos, pues psicológicamente no pueden moverse en un sentido u otro. Sin embargo, sus ojos están fijos en las milagrosas aguas del estanque que a veces un ángel revolvía dándole vida, y que, uno por uno, iban quedando sanos según el poder que tuviesen para entrar en él cuando descendía el ángel. El estanque, o sea las aguas, significa siempre en las parábolas la Verdad del Verbo. Toda esta multitud reunida en tomo a la Verdad del Verbo de Dios no puede entrar debidamente al estanque. Se hallan todos demasiado cerca, demasiado allegados a las realidades de la vida, a las apariencias visibles de las cosas, o sea que están muy próximos al pensamiento que se fundamenta en los sentidos. Nosotros somos como esta multitud que figura en el milagro y que yace cerca de los cinco portales a la espera de algo que convierta su creencia en un significado vivo. Aquí están todos los que han aceptado la Verdad de un orden superior que exige una nueva manera de pensar; han aceptado el Verbo, la Verdad acerca de la evolución interior y del renacimiento, pero no lo pueden realizar. Yacen cerca de la Verdad natural y, sin embargo, miran hacia la Verdad espiritual y se encuentran, por así decirlo, entre dos órdenes de Verdad —la de los sentidos y la del Verbo de Dios—. De modo, pues, que el hombre aparece representado en este milagro como un enfermo en cama. Psicológicamente, el hombre está acostado en sus creencias y en sus opiniones. Se halla acostado en la Verdad que ha recibido, pero no puede andar en ella, o sea que no puede vivirla ni hacerla. De modo que Cristo le dice: "Toma tu lecho, y anda". Cristo representa acá el poder que es dable otorgarse al hombre para que ande, viva y haga lo que conoce como Verdad. Jesús ocupa el lugar del ángel que revuelve las aguas de la Verdad, convirtiéndólas en Verdad viviente. En los milagros, Jesús siempre representa el poder del Bien que obra sobre la Verdad dándole vida. El hombre puede darle vida a la Verdad solamente cuando percibe su Bien; si percibe el Bien de la Verdad que le ha sido enseñada actuará espontáneamente y movido por su propio arbitrio. En su intimidad, el hombre es tanto su Verdad como su voluntad. Como Verdad, el hombre obra con lentitud desde la Verdad misma. Pero si percibe el Bien de esta Verdad obrará instantáneamente de lo que percibe como Bien. Pero será renuente para obrar en base a lo que ve únicamente como Verdad. La integridad del hombre es su Verdad y su voluntad que pasa al Bien de la Verdad. Esta es la razón por la cual el hombre del milagro del estanque de Bethesda le dice a Jesús cuando éste le pregunta si quiere ser sano (íntegro o quedar integrado) : "Señor, no tengo hombre que me meta en el estanque cuando el agua fuera revuelta; porque entre tanto que yo vengo, otro antes que mi ha descendido". En esta forma describe su enfermedad, aquella que lo hace un enfermo psicológico, lo que le tiene ciego, cojo. Siempre está atrasado, es demasiado lento; siempre llega en segundo lugar, nunca llega primero. El hombre que solamente obra partiendo de la Verdad actúa de lo que es segundo en él, no de lo que es lo primero. Si obra de su voluntad actúa desde lo que en él es primero. Y Jesús, en el milagro, le da el poder de obrar de su voluntad; o sea que le da el poder de levantar el lecho de la Verdad en que está acostado, y andar, y obrar y vivir en ella. Jesús le separa del mundo, le separa del poder de los sentidos y le hace ver en forma viviente la Verdad que le fue enseñada. De este modo el hombre queda curado, queda sano de su enfermedad psicológica. Y esta enfermedad psicológica es la Verdad superior paralizada por la Verdad inferior. Todo esto fue hecho en un sábado, o sea en un día que en el lenguaje de las parábolas significa una jornada completa de separación del mundo y de sus preocupaciones.