Parece difícil aquello que mandó el Señor: que uno debe amar al hermano en Cristo como a sí mismo ( Cfr. Marcos 12, 31; Mateo 22, 39 ). Las personas de mentalidad grosera suelen decir que la idea es ésta: uno los debería amar a ellos ( los hermanos en Cristo ) con miras al mismo bien por el cual uno se ama a sí propio. No, no es así. Uno debe amarlos tanto como a sí mismo y esto no es difícil. Si queréis pensarlo bien, el amor antes que mandamiento es recompensa. El mandamiento parece difícil, ( pero ) la recompensa es apetecible. Quien ama a Dios como ha de amarlo y también debe amarlo, quiéralo o no, y como lo aman todas las criaturas, tiene que amar a su semejante como a sí mismo, y regocijarse de sus alegrías como de sus propias alegrías, y ( debe ) ansiar la honra del otro tanto como la suya propia y ( amar ) al forastero tanto como al pariente. Y procediendo de esta manera, el hombre se halla siempre en ( un estado de ) alegría, honra y ventaja, y así está verdaderamente como en el reino de los cielos y siente alegría más a menudo que si se regocijara únicamente de su propio bien. Y sabed por cierto: si tu propia honra te hace más feliz que la de otro, eso está mal.
Has de saber que cuando quiera que busques de algún modo lo tuyo, no encontrarás jamás a Dios, porque no buscas a Dios con pureza. Buscas alguna cosa por medio de Dios y procedes exactamente como si convirtieras a Dios en una vela para buscar algo con ella; y cuando uno encuentra las cosas buscadas, tira la vela. Esto es exactamente lo que haces: cualquier cosa que busques por medio de Dios, no es nada, sea lo que fuere, provecho o recompensa o recogimiento o lo que sea; buscas ( la ) nada y por lo tanto encuentras ( la ) nada. El que halles ( la ) nada, no se debe sino a que buscas ( la ) nada. Todas las criaturas son pura nada. No digo que sean insignificantes o que sean algo: son pura nada. Lo que no tiene ser no es nada. Todas las criaturas no tienen ser, porque su ser pende de la presencia de Dios. Si Dios se apartara por un solo momento de todas las criaturas, se anonadarían. He dicho a veces, y es verdad: Quien tomara junto con Dios todo el mundo, no tendría más que si tuviera a Dios solo. Sin Dios, todas las criaturas no tienen más ( ser ) del que tendría una mosca sin Dios, exactamente lo mismo, ni más ni menos.
Pues bien, ¡escuchad ahora una palabra verdadera! Si un hombre donara mil marcos de oro para que se construyeran con esta ( suma ) iglesias y conventos, esto sería una gran cosa. Sin embargo, hubiera dado mucho más quien fuese capaz de considerar como nada los mil marcos; éste hubiera hecho considerablemente más que aquél. Cuando Dios creó todas las criaturas, eran tan insignificantes y estrechas que Él no pudo moverse en ellas. Pero al alma se la igualó tanto a Él y la hizo tan a su semejanza como para poder entregarse al alma; pues lo demás que Él podría darle, ella lo considera como nada. Dios tiene que dárseme a mí Él mismo tal como se pertenece a sí mismo, de otro modo no recibo nada y nada me satisface. Quien ha de recibirlo así, íntegramente, debe haber renunciado del todo a sí mismo y haber salido de sí mismo; semejante persona recibe de Dios todo cuanto Dios tiene, con la misma propiedad con que la tienen Él mismo y Nuestra Señora y todos cuantos están en el reino de los cielos: todo esto pertenece a dicha gente del mismo modo y con igual propiedad. Quienes se han desasido de tal manera, renunciando a sí mismos, recibirán también en la misma proporción y nada menos.
La tercera parte ( de nuestro texto ) habla «del Padre de las luces». Por la palabra «Padre» se entiende la filiación, y la palabra «Padre» indica una generación pura y equivale a ( decir ): una vida de todas las cosas. El Padre engendra a su Hijo en el conocimiento eterno, y exactamente de la misma manera el Padre engendra a su Hijo en el alma como en su propia naturaleza y lo engendra para que pertenezca al alma, y su ser depende de que -gústele o no- engendre a su Hijo en el alma. Alguna vez me preguntaron ¿qué era lo que hacía el Padre en el cielo? Entonces dije: Engendra a su Hijo y esta actividad le resulta tan placentera y le gusta tanto que no hace nunca otra cosa que engendrar a su Hijo, y los dos hacen florecer de sí al Espíritu Santo. Donde el Padre engendra dentro de mí a su Hijo, allí soy el mismo Hijo y no otro; es cierto que somos diferentes en el ser-hombre, más allí soy el mismo Hijo y no otro. «Donde somos hijos, somos todos legítimos» ( Roman. 8, 17 ). Quien conoce la verdad sabe bien que la palabra «Padre» contiene la generación pura y el tener hijos. Por ello somos hijo en este aspecto y somos el mismo Hijo.
Ahora prestad ( todavía ) atención a la palabra «Descienden de arriba». Resulta que os dije, hace poco: Quien quiere recibir desde arriba, necesariamente debe estar abajo con verdadera humildad. Y sabedlo con toda verdad: a quien no se halla completamente abajo, nada le cae en suerte y tampoco recibe nada por insignificante que sea. Si de algún modo has puesto tus miras en ti mismo o en alguna cosa o en alguien, no te hallas abajo y tampoco recibes nada, mas, si te encuentras completamente abajo, recibes también completa y perfectamente. El dar es propio de la naturaleza de Dios y su ser depende de que nos dé cuando nos hallemos abajo. Si no es así y no recibimos nada, le hacemos fuerza y lo matamos. Aun cuando no podemos hacérselo a Él mismo, lo hacemos a nosotros y en cuanto a nosotros se refiere. Para dárselo todo a Él como cosa suya, cuida de someterte a Dios con verdadera humildad y de enaltecer a Dios en tu corazón y tu conocimiento. «Dios, nuestro Señor, envió a su Hijo al mundo» ( Gal. 4, 4 ). Alguna vez dije aquí mismo: En la plenitud del tiempo Dios envió a su Hijo: ( lo envía ) al alma una vez que ella haya ido más allá del tiempo. Cuando el alma se ha liberado del tiempo y del espacio, el Padre envía a su Hijo al alma. Pues bien, esto significa la palabra «El don y la perfección óptimos descienden desde arriba del Padre de las luces». Que el Padre de las luces nos ayude para que seamos propensos a recibir el don óptimo. Amén.